La Cruz da nombre a la ciudad capital de Tenerife y a la provincia canaria que lleva su nombre: "Santa Cruz de Tenerife". La plaza principal de la ciudad está presidida por una gran Cruz y, además, en todos los barrios y en muchas calles hay cruces fijas que, a lo largo del año, los vecinos honran colocando ramos de flores. Pero al llegar el 3 de mayo, todas las cruces de las diversas ciudades y pueblos son especialmente veneradas. Así ocurre en la capital tinerfeña y palmera, en el Puerto de la Cruz, la Cruz Santa, Los Realejos, Breña Alta, etc. El esplendor y la belleza de los adornos florales, con que se revisten las cruces, nos recuerdan que estamos en plena "Pascua Florida" celebrando a Cristo Resucitado y que, por tanto, el que murió crucificado vive para siempre y al honrar su Cruz le honramos a Él.
Este año, en plenas fiestas de la cruz, concretamente, del 2 al 6 de mayo la llamada ‘Cruz de los Jóvenes’ visitará las islas que conforman la Diócesis Nivariense. Concretamente, llegará hoy, a las 17:00 horas, al muelle de Santa Cruz procedente de Gran Canaria y, en días sucesivos, visitará El Hierro, La Gomera y La Palma. Se trata de una Cruz que fue entregada por Juan Pablo II en las Jornadas de Jóvenes de 1984 y, desde entonces, está presente en todas las Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ) que se desarrollan en las diferentes ciudades del mundo. Asimismo, la Cruz vendrá acompañada del Icono de la Virgen, el cual fue entregado también por Juan Pablo II a los jóvenes en 2004. Ambos símbolos cristianos han recorrido numerosas ciudades llevando el mensaje de Cristo, entre ellas, París, Roma, Toronto, Manila, Colonia y Sydney… El Papa encomendó a los jóvenes la tarea de llevarla por el mundo «como símbolo del amor de Jesús a la humanidad».
La Cruz es la señal del cristiano, nos enseñaron desde pequeños, porque en ella Jesucristo entregó su vida para salvarnos del poder del pecado y hacernos hijos de Dios. La Cruz es, por tanto, signo de amor, de entrega, de reconciliación y de paz. Para alcanzar la bendición del Señor, hacemos la "Señal de Cruz" sobre nuestro cuerpo. Nos "santiguamos", como popularmente se dice, en muchas ocasiones de la vida: al comienzo de cualquier celebración cristiana, al acostarnos y al levantarnos, al pasar ante una iglesia, ante un cementerio, al iniciar un viaje, al comenzar la comida… y, como no, también nos santiguamos cuando pasamos ante la cruz de nuestra calle o de nuestro barrio.
También, al "persignarnos", hacemos cuatro veces la Cruz sobre nuestro cuerpo al tiempo que pronunciamos esta hermosa oración: "† Por la señal de la Santa Cruz, † de nuestros enemigos, † líbranos Señor, Dios nuestro. † En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén". Hacer la "Señal de la Cruz", por tanto, nos identifica como cristianos, es decir, como personas que "adoramos y bendecimos a Cristo, pues por su Santa Cruz ha redimido al mundo".
Un antiguo himno de la liturgia de la Iglesia, que aún rezamos en Semana Santa, compara la Cruz con un árbol, cuyo fruto es el mismo Jesucristo: "¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza! Jamás el bosque dio mejor tributo en, hoja, en flor y en fruto. ¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida empieza con un peso tan dulce en su corteza!". De hecho, el Viernes Santo, al presentar a los fieles la Cruz el sacerdote dice cantando: "Mirad el árbol de la cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo".
La celebración de la XXIV Jornada Mundial de la Juventud está anunciada para la ciudad de Madrid, del 15 al 21 de agosto de 2011. Su lema será: «Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (cfr. Col 2, 7). Que estos días, la peregrinación de la Cruz y del Icono de la Virgen por las distintas islas de la Diócesis, nos sirva a cada uno, precisamente para eso, para fortalecer nuestra fe, arraigar y edificar nuestra vida en el crucificado-resucitado: Jesucristo.
† Bernardo Álvarez Afonso
Obispo Nivariense

Hasta ocho veces aparece Jesús en el Evangelio empleando la expresión "el que tenga oídos, que oiga". También, en el Apocalipsis de San Juan, el propio Jesucristo resucitado, que se presenta a sí mismo como "el Primero y el Último, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos", repite la misma frase siete veces.
Tanto este dicho, "el que tenga oídos, que oiga", como el sinónimo, "el que tenga oídos para oír, que oiga", son utilizados por Jesús para llamar la atención de sus oyentes sobre algo que les está diciendo y que es de suma importancia para sus vidas, pero que hace falta prestar una especial atención para captar su significado. Además de percibir las palabras por medio del oído, es necesario escuchar, es decir, aplicar "el oído interior", poner cuidado y atención para comprender lo que se dice y darse por aludido. "El que tenga oídos, que oiga", es todo lo contrario a ese otro dicho, "por un oído me entra y por el otro me sale", que es propio del que oye como si no oyera y, por tanto, lo que oye no influye para nada en su vida.
También yo quiero, en esta ocasión, utilizar la frase de Jesús en relación con un tema de vital importancia para nuestras comunidades y, en ellas, para cada fiel cristiano: "Es Semana Santa: "el que tenga oídos, que oiga". Sí, queridos diocesanos, prestad atención porque la Semana Santa es el gran mensaje de Cristo Resucitado, el que vive, el que estuvo muerto pero ahora está vivo por los siglos de los siglos, y es fuente de salvación para cuantos creen en Él. Sí. Estad atentos porque la celebración anual de la Semana Santa es "por nosotros y por nuestra Salvación" y sería lamentable que teniendo tan a mano a Cristo, pasemos por la Semana Santa sin que la Semana Santa pase por nosotros. "El que tenga oídos, que oiga".
Por diversas causas (sociales, culturales, a veces políticas y hasta religiosas) existe el peligro real de reducir o centralizar la Semana Santa en torno a las procesiones. Aún reconociendo el valor religioso de las mismas, siempre que sean expresión de una fe viva, hay que afirmar que la Semana Santa es, ante todo, una celebración litúrgica, la más importante del Año Cristiano. "Celebración litúrgica", quiere decir, actualización sacramental de la Pascua del Señor (pasión, muerte y resurrección de Jesucristo); no simple memoria y representación plástica de aquellos hechos del pasado, sino realización actual y para nosotros de la acción salvadora de Cristo. Celebrar la Semana Santa quiere decir, participar en los sacramentos uniéndonos a Cristo de tal modo que "experimentemos en nosotros los frutos de su Redención". Celebrar la Semana Santa quiere decir que, por medio de los sacramentos, nosotros, "por Cristo, con Él y en Él", morimos al pecado y resucitamos a una vida nueva.
Celebrar la Semana Santa, en fin, es mirar a Jesucristo, no como un personaje del pasado y sin vida personal actual, sino como Aquél que constantemente nos habla y nos da vida. Él mismo nos dice: "Yo soy el pan de vida, el que me come vivirá por mí" (Jn. 6, 57); y por el contrario: "Si no coméis mi carne no tendréis vida en vosotros" (Jn. 6,53). No es posible una verdadera celebración de la Semana Santa sin participar dignamente, con un corazón puro (limpio de pecado), en la comunión del Cuerpo de Cristo. "El que tenga oídos, que oiga". También hoy, quizá más que nunca, hay que recordar a los católicos el mandamiento de la Iglesia de confesar y comulgar en las Fiestas de Pascua. Confesar, sí, porque todos somos pecadores y necesitamos reconciliarnos con Dios y ser liberados, por su perdón, de la esclavitud del pecado. Como dice el Salmo 31, "dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado. Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: "Confesaré al Señor mi culpa", y tú perdonaste mi culpa y mi pecado".

No tiene ningún sentido una Semana Santa sin comulgar, pero, atención, no podemos acercarnos a comulgar el Cuerpo de Cristo y tener el corazón lejos de Él. Es imposible honrar a Cristo, comulgando en la misa, si lo negamos llevando una vida contraria a sus mandamientos. San Pablo, como a los corintios de su época, nos recuerda: "quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo" (1Cor. 11,27-29). No se puede comulgar a la ligera, hay que examinar si la propia vida (pensamientos, palabras y obras) está en "comunión" con Cristo y su mensaje. Comulgar en pecado es aparentar que creemos en Cristo y que estamos unidos a Él, cuando en realidad estamos tan lejos de Él como lo estuvo Judas en la Última Cena, aunque estaba sentado en la misma mesa. Comulgar a Cristo implica comulgar con Cristo. "El que tenga oídos para oír, que oiga".
Uno de los salmos que se cantan en Semana Santa, durante la procesión del Domingo de Ramos, dice: "¿Quién puede subir al monte del Señor, quién puede estar en el recinto sagrado?". Se refiere a quien podía ir al Templo de Jerusalén, situado en lo alto del monte, para encontrarse con Dios. Para nosotros sería como preguntar ¿Quién puede acercarse a comulgar el Cuerpo de Cristo y así celebrar plenamente la Semana Santa? El salmo 24 indica dos condiciones esenciales: "El hombre de manos inocentes y puro corazón". Dejando aparte el lenguaje sexista, pues "el hombre" aquí es "todo ser humano" (sea varón o mujer), "manos y corazón" es la manera de decir toda clase de acciones, pensamientos y deseos. Para acercarse a recibir al Señor, para comulgar con Cristo, es necesario tener "manos inocentes y corazón puro". Si alguno tiene oído, oiga.
Comentando este salmo, decía el Papa Benedicto XVI, al comienzo de la Semana Santa de 2007: "Manos inocentes son manos que no se usan para actos de violencia. Son manos que no se ensucian con la corrupción, con sobornos. Corazón puro: ¿cuándo el corazón es puro? Es puro un corazón que no finge y no se mancha con la mentira y la hipocresía; un corazón transparente como el agua de un manantial, porque no tiene dobleces. Es puro un corazón que no se extravía en la embriaguez del placer; un corazón cuyo amor es verdadero y no solamente pasión de un momento".
Tener "un corazón puro" es lo que nos permite acercarnos de verdad al Señor: "Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios" (Mt. 5, 8), afirma Jesús en la bienaventuranzas. Pero, además, tener "un corazón puro" es una necesidad personal para poder hacer el bien y ser felices. Una de las veces que Jesús emplea en su predicación la expresión "el que tenga oídos, que oiga", es precisamente para referirse a la limpieza del corazón: «Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Quien tenga oídos para oír, que oiga» (Mc. 7,14-16). Y ante la pregunta de los discípulos, que no entendieron el significado, les dijo: «Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre» (Mt. 7, 20-23).
Ante la imposibilidad del ser humano de procurarse a sí mismo "un corazón puro", Dios, por medio de los profetas, prometió ocuparse personalmente del asunto: "Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras impurezas y de todas vuestras basuras os purificaré. Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne" (Ez. 36, 25-26). Para cumplir esta promesa envió Dios a su Hijo al mundo. Para que podamos tener "un corazón puro", murió y resucitó Cristo.
Celebrar la Semana Santa es querer un corazón nuevo. Es suplicar "Oh Dios, crea en mí un corazón puro" y aferrarse a Cristo para que, con el poder de su resurrección, "nos renueve por dentro" y nos haga renacer a una vida nueva. "Es Semana Santa. El que tenga oídos para oír, que oiga".
† Bernardo Álvarez Afonso
Obispo Nivariense
A los hombres y mujeres de la isla de La Palma, donde quiera que se encuentren:
Que la gracia, la paz y el amor de Dios Padre, manifestado en Jesucristo su Hijo, concebido por obra del Espíritu Santo y nacido de la Virgen María, sea con ustedes.
Fiel a su cita quinquenal, desde el año 1680, los días 17-18 de julio celebramos en Santa Cruz de La Palma la 67ª Bajada de la Virgen de las Nieves, desde su Santuario al pie del monte hasta la parroquia Matriz de El Salvador. Las citadas fechas, son los dos días centrales y culminantes de las "Fiestas de la Bajada" en honor de la Virgen María, que se inician el 3 de julio y concluyen el 5 de agosto, fecha en la que la venerada imagen, retornará, de nuevo, a su histórico y centenario Santuario, construido a partir de una primitiva ermita erigida ya a comienzos del siglo XVI (ca. 1517).
1. Sentido de la Fiesta de la Bajada de la Virgen de las Nieves
El origen y motivo de esta centenaria Fiesta está en la fe y gratitud de los palmeros a la Virgen de las Nieves. Desde los primeros tiempos de nuestra historia, siempre hemos acudido a Ella con gran fervor para suplicarle en los momentos de dificultad y para darle gracias por los beneficios recibidos. Como es sabido, esta devoción fue conocida y muy valorada por el Obispo Bartolomé García Ximénez, hasta el punto que, en 1676, determinó que en adelante, cada cinco años, se hiciera fiesta en honor a la Virgen de la Nieves "bajando" la venerada imagen en procesión desde el monte hasta la capital de la Isla.
A lo largo de 330 años, de generación en generación, los palmeros hemos mantenido viva la celebración de "La Bajada". Una fiesta en la que procuramos poner a los pies de la Virgen lo mejor de nosotros mismos y, gracias a eso, con el paso del tiempo, la hemos enriquecido con singulares actos de gran arraigo y popularidad, todos ellos siempre con referencia y en honor a la Virgen María. "La Procesión", "Los Enanos", "El Carro", "El Minué", "La Romería" y tantos otros actos (culturales, deportivos y lúdicos) no son sino adornos que le ponemos a la Virgen para decirle: "Bendita tú, entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre, Jesús".
Las celebraciones y las fiestas son parte irrenunciable de la vida humana. Necesitamos celebraciones, fiestas, cultos, rituales… para expresarnos y desarrollarnos plenamente. Lo que no se expresa, ni se comunica, ni se celebra… o no existe en la realidad o termina muriéndose. Sin fiesta no se puede vivir. Cuando faltan las celebraciones, la vida pierde sabor y sentido, conciencia y lucidez. Pero, también, particularmente en el campo de la experiencia religiosa, si cuando hacemos una fiesta faltan la vivencia y las convicciones que tienen que ver con esa fiesta, la celebración puede convertirse en un ritual artificial y vacío de contenido, una apariencia hipócrita, incapaz de darnos la alegría que necesitamos y buscamos. Como nos enseña Jesús en el Evangelio, las cosas hay que hacerlas "en espíritu y en verdad".
Cuando quienes hacemos una fiesta somos creyentes, y mucho más si es una "fiesta en honor de la Virgen", el componente religioso está en la raíz misma de la fiesta y constituye su razón fundamental. Para quienes hemos conocido y creído en Dios, tener fe implica reconocer y agradecer que todo lo que somos y tenemos, todo lo que podemos y sabemos, lo hemos recibido de Dios por los medios y las personas que Él haya querido poner en nuestro camino. Para un verdadero creyente, la vida y la fe caminan juntas. Cuando hacemos una fiesta, incluimos en ella las celebraciones religiosas para poner de manifiesto nuestro reconocimiento de que "en Dios somos, nos movemos y existimos" y de que Él es "origen, guía y meta del universo". En último término, todo lo hacemos para la "gloria de su Nombre". En buena lógica, para el creyente, también los actos festivos, no específicamente religiosos, si no van contra la ley de Dios, son actos de culto, de aquel culto espiritual y razonable del que nos habla san Pablo cuando dice "glorificad a Dios con vuestra vida". Todos los valores de la fiesta: lo artístico, la convivencia, el folklore, el baile, el deporte… son agradables a Dios. Como dice San Pablo: "Ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios" (1Cor 10,31), y a Dios se le da gloria cuando se somete todo a su voluntad.
Para la Bajada de este año 2010 hemos elegido el lema: "María, causa de nuestra alegría". Toda fiesta es siempre una expresión de alegría. Hacemos fiesta porque estamos alegres, porque tenemos algo bueno que celebrar. En sí misma, la Bajada de la Virgen, se ha convertido para los palmeros en un acontecimiento en el que revivimos la historia y la vida de nuestro pueblo, una historia y una vida llena de fe y tradición cristiana, llena de costumbres y valores culturales, llena de trabajo y esperanza en el futuro, llena de amor a lo nuestro y de apertura al mundo. Una historia de la que nos sentimos muy orgullosos y en la que siempre ha estado presente la Virgen de Las Nieves, y de la que ella misma ha sido protagonista con su amparo y protección. Sí, la Virgen María, en su advocación de Las Nieves, ha puesto su mano en nuestra historia y ha contribuido a configurar nuestra identidad, ella ha sido y es bendición para todos los palmeros pues, por su medio, "el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres" (Salmo 125). La Fiesta de "La Bajada" es en honor de la Virgen María; ella es la causa de nuestra fiesta y de nuestra alegría.
El lema "María, causa de nuestra alegría", me da pie para ofrecerles algunas reflexiones sobre la importancia y necesidad de la alegría en nuestra vida, así como del papel de María "para que, en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría".
2.- La alegría, valor humano fundamental.
La felicidad es una necesidad fundamental del ser humano. El anhelo de ser feliz está arraigado en lo más profundo de nuestro corazón. De hecho, la alegría es un elemento constitutivo de nuestra condición humana: existimos para ser felices. Dios, al crearnos, ha puesto en nosotros la capacidad de buscar y sentir la felicidad. "La persona humana está creada para la alegría, no se puede vivir largo tiempo sin alegría" (Aristóteles). La misma experiencia cotidiana así nos lo demuestra pues, en todo lo que hacemos, en último término sólo buscamos sentirnos bien y ser felices.
Entre los elementos que configuran "una vida feliz", la alegría ocupa un lugar preeminente. Ésta es uno de los sentimientos fundamentales del alma humana y la experimentamos cuando encontramos satisfacción ante la posesión de un bien conocido y amado. También produce alegría la esperanza cierta de conseguir ese bien, aunque todavía no lo hayamos obtenido. Cuando San Pablo nos dice: "que la esperanza os tenga alegres", está indicando que la esperanza es una fuente de alegría que dinamiza la vida y nos pone en tensión hacia la búsqueda del bien. La alegría es un estado de ánimo que supone gozo interior, regocijo, satisfacción, dicha, contento y júbilo.
La alegría es un bien del que todos debemos disfrutar constantemente, debe ser una cualidad permanente de nuestra vida. "Estad siempre alegres" nos dice San Pablo, y en el libro del Eclesiástico leemos: "No te dejes llevar por la tristeza, ni dejes que tus pensamientos te atormenten. Un corazón alegre es la vida del hombre, y la alegría le alarga la vida. Sosiega tu espíritu, y consuela tu corazón; aleja de ti la tristeza, porque la tristeza ha perdido a muchos, y ningún provecho se saca de ella. La envidia y la ira abrevian los días, y las preocupaciones hacen envejecer antes de tiempo. El corazón radiante tiene buen apetito: le aprovecha todo lo que come" (Eclesiástico 30, 21-25).
Todos apreciamos la alegría como un bien necesario y valoramos positivamente a las personas alegres. "La alegría de vivir es el más grande poder cósmico", decía Theilhard de Chardin. Y el propio Beethoven, en el cuarto movimiento de su Novena Sinfonía, proclama los excelentes frutos que produce la alegría: "¡Alegría!,… Tu hechizo vuelve a unir lo que el mundo había separado, todos los hombres se vuelven hermanos allí donde se posa tu ala suave".
Sin embargo, experimentar la alegría constituye un desafío para las personas en la sociedad moderna. Tenemos la experiencia de que la alegría es escurridiza como un pez vivo en nuestras manos. Por un momento lo tenemos, y de pronto, se nos escurre y se nos va. Vivimos en un mundo lacerado por profundas divisiones y rupturas, donde la abundancia de rostros sombríos, son un elocuente testimonio de la profunda desesperanza y tristeza por la cual atraviesan muchos hombres y mujeres de hoy. A pesar de todas las posibilidades de "bien-estar" que nos ofrece la sociedad, ya no es tan fácil encontrar la alegría. De hecho se ha vuelto, más bien, excepcional. Este es un indicativo del déficit de calidad humana en que se encuentran las personas y la sociedad actual. La falta de alegría es señal de "enfermedad", de que algo no va bien en la vida de la persona.
El Papa Pablo VI, en un magnífico documento dedicado a la alegría, "Gaudete in Domino" (Alegraos en el Señor), hacía notar que "La sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría. Porque la alegría tienen otro origen. Es espiritual. El dinero, el confort, la higiene, la seguridad material no faltan con frecuencia; sin embargo, el tedio, la aflicción, la tristeza forman parte, por desgracia, de la vida de muchos. Esto llega a veces hasta la angustia y la desesperación que ni la aparente despreocupación ni el frenesí del gozo presente o los paraísos artificiales logran evitar".
Todos queremos ser felices, pero, lamentablemente, son muchos los que, equivocadamente, buscan la felicidad en las múltiples ofertas de la cultura de la muerte: El consumismo, la búsqueda desordenada del placer por el placer, el tener buena imagen a base de lujos y riquezas, el hacer lo que me apetece a toda costa, la ambición del poder, el hedonismo... son tan sólo algunos signos de lo que la sociedad nos ofrece como sucedáneos a nuestra necesidad de alegría. Si embargo, "la alegría tiene origen espiritual". La inutilidad de estas propuestas es proporcional al vacío y frustración que dejan en el hombre. La alegría puramente mundana es superficial, transitoria, vacía e incapaz de colmar de verdadero gozo el corazón humano. Y no puede ser de otra manera, pues la falsa alegría que ofrece la cultura actual está fundada en aspiraciones de poder, de tener y de placer, las cuales alienan al ser humano de lo más profundo de sí mismo y del recto sentido de su vida y, por lo tanto, de su plena realización personal. Como decía el gran literato alemán Goethe: "Lo que convierte la vida en alegría no es hacer lo que nos gusta, sino que nos guste lo que debemos hacer".
"Estar siempre alegres" no es algo que surge por casualidad, ni es un puro sentimiento sensible, ni puede estar supeditado a "eventos placenteros" que vendrán o no. "Estar siempre alegres" supone una tarea, un ponerse manos a la obra para buscar, elegir y realizar aquello que realmente produce alegría. No se trata del entusiasmo pasajero, sino del gozo íntimo y profundo que, más allá de las circunstancias, nos acompaña en nuestro camino y nos permite estar siempre alegres, incluso en la tribulación. La alegría no se impone desde fuera sino que brota de dentro, cuando el alma está abierta a Dios, cuando se lucha por algo que valga la pena. En este sentido, la Virgen María aparece ante nosotros no sólo como modelo de persona que supo vivir siempre alegre, dichosa y feliz, sino también como aquella que es "causa de alegría" para los demás. ¿Cómo pudo conseguirlo?
3. María, causa de nuestra alegría, porque de Ella nació nuestro Salvador Jesucristo
Para la fe cristiana, Jesucristo no sólo es el objeto supremo de toda verdadera alegría, sino que sobre todo es Él mismo "la causa y el origen" de la plena alegría de los hombres. Por eso, San Pablo no dice simplemente "estad siempre alegres", sino "estad siempre alegres en el Señor". Cristo es la alegría del mundo y, consecuentemente, la alegría cristiana nace de la opción fundamental por el Señor Jesús, es fruto de una experiencia de fe en Él y de comunión con Aquel que es "el Camino que nos conduce al Padre, la Verdad que nos hace libres y la Vida que nos colma de alegría (Cf. Jn 14,6 y Plegaria Eucarística 5/b). Por nuestra fe y comunión con Él, Jesucristo nos comunica su alegría, pero para recibirla de verdad es necesario guardar sus mandamientos: "Si observáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como Yo he observado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os digo esto para que mi alegría esté en vosotros y para que vuestra alegría sea perfecta" (Jn 15, 10-11).
Entre las últimas palabras de Jesús están: "Os volveré a visitar y os llenaréis de alegría, y nadie os quitará vuestra alegría… Hasta ahora no habéis pedido nada en mi Nombre. Pedid y recibiréis, y tendréis una alegría que será perfecta." (Jn 16,22.24). Palabras que el Señor cumplió, no sólo cuando se les apareció después de la resurrección, sino —sobre todo— cuando les envió el Espíritu Santo que con su acción eficaz, entre otros, produjo en ellos los frutos del amor y la alegría. Jesucristo es, por tanto, la fuente y la causa de la alegría para el mundo entero. Él es el cumplimiento de la profecía de Isaías, que leemos en la misa de la Noche de Navidad: "El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar… Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado" (Is 9,1-2.5).
"Concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen". Así proclamamos en el credo nuestra fe en el papel de María en relación con Aquel que vino al mundo para "acrecer la alegría y aumentar el gozo". Ella con su "sí" obediente a la voluntad de Dios concibió en su seno y dio a luz al Hijo de Dios, cuyo nacimiento fue anunciado por los ángeles como "una gran alegría, que lo será para todo el pueblo" (Lc 2,10). De este modo, el "sí" de María es motivo de alegría para cuantos estaban en las tinieblas y en la sombra de la muerte, pues a través de ella vino al mundo el Señor de la vida. Con toda razón los creyentes exultan de gozo y la invocan: "María, causa de nuestra alegría, ruega por nosotros". Ella, con toda justicia, merece este título. Ante todo, porque nos ha traído la auténtica alegría: la alegría de la salvación en la persona de su Hijo. Con el antiguo himno Akathistos, de los cristianos de Oriente, le decimos: "Salve, María, por ti resplandece la dicha. Salve, por ti se eclipsa la pena. Salve, por ti, con los cielos, se alegra la tierra" (Estrofas 1 y 7).
Como resulta evidente, esta cualidad de la Virgen María no se debe a ella misma, sino a su participación en el misterio de Cristo. Ya decíamos antes que "la fuente originaria y la causa de la alegría es Jesucristo". Si decimos "María, causa de nuestra alegría" es porque en ella se refleja, como la luz del Sol sobre la Luna, la alegría de Cristo para todos los hombres. María es la causa de nuestra alegría, de la alegría de todos y cada uno de los mortales, desde el momento en que respondió al arcángel Gabriel que aceptaba ser la Madre del Hijo de Dios. A partir de aquel momento histórico y de un modo creciente, con los misterios de la Vida, Muerte y Resurrección de su Hijo, en el mundo comenzó a iniciarse y percibirse plenamente la alegría que el mundo necesita. "Causa de nuestra alegría, ruega por nosotros", le decimos cada día al orar con el Santo Rosario en las Letanías.
Pero, la Virgen María es "causa de nuestra alegría" no sólo por habernos dado a Jesucristo sino, también, por el testimonio de alegría de su propia vida y porque con su acción permanente contribuye eficazmente a nuestra felicidad. Lo que María fue en su vida histórica para su Hijo y para las gentes de su tiempo, lo sigue siendo hoy para todos nosotros, pues "una vez recibida en los cielos, no dejó su oficio salvador, sino que continúa alcanzándonos por su múltiple intercesión los dones de la eterna salvación. Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz" (Concilio Vaticano II, LG 62).
4. "María, causa de nuestra alegría", por lo que es y por lo que hace.
"La alegría es como el sol: ilumina a quien la posee y reanima a cuantos reciben sus rayos" (San Pablo de la Cruz). Si María es causa de nuestra alegría es porque ella misma la tiene en abundancia y nos la comunica. Nadie puede dar lo que no tiene. En su vida histórica, la Virgen María rebosaba alegría y la contagiaba por doquier. ¿De dónde le brotaba a María tan exuberante felicidad? ¿Qué producía en Ella semejante manantial de dicha? "¿Cuál es la fuente misteriosa, oculta, de tal alegría?", se preguntaba Juan Pablo II en Lourdes (31-5-1979). La respuesta no podía ser otra: "Es Jesús, el Hijo de Dios, al que Ella ha concebido por obra del Espíritu Santo". Uno sólo es el origen, una sola la fuente: el amor y la fidelidad a Dios. María se sabía de Dios y Él copaba su ser entero, impregnándolo de gozo hasta los tuétanos. María fue alegre y feliz porque tenía en cuenta a Dios en su vida y lo amaba en el cumplimiento fiel de su voluntad sobre Ella. Estaba llena de gracia, llena de Dios y, por tanto, llena de la más auténtica y genuina alegría. María está llena de Dios y, por eso, rebosa alegría como un torrente que sale de su interior, sin que lo pueda evitar. Ella contagia a su alrededor esa alegría especial que tienen las personas que están cerca de Dios.
Así se explica lo ocurrido en la visita de María a su prima: "Sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de alegría el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a visitarme? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de alegría el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lc 1,41-45). Todo esto tiene una explicación: Quien vive en Dios comunica alegría. El corazón de Isabel se llena de alegría y el niño salta de gozo en su seno por el saludo alegre de María, a quien hacía pocos días el ángel Gabriel la saludaba contagiándole el gozo de Dios: "Entrando en su presencia le dijo: "Alégrate, llena de Gracia", el Señor está contigo" (Lc 1,28). La alegría de María, la que le comunica Isabel en su saludo y la que Ella canta en el Magnificat, tiene un origen, tiene una fuente: es Dios.
Ante las alabanzas de su prima Isabel, María responde con una oración de acción de gracias y de engrandecimiento de Dios, que todos conocemos como "El Magnificat": "Alaba mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador…". María está contenta con Dios: Él ha puesto en su corazón más alegría que si abundara en cosas materiales (cf. Sal 4,8) y los designios de Dios sobre Ella son la alegría de su corazón (Sal 118,111). Su alegría es como la que canta el profeta Isaías: "Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo" (Is 61,10).
Con el Magnificat, María expresa la alegría de la gratitud por la elección de Dios y la alegría de quien sabe con plena certeza que Dios es su Salvador y que el Omnipotente, fijándose en su humildad, ha puesto en Ella su amorosa mirada y ha realizado cosas grandes en su favor. Es la alegría de la mujer elegida de Dios que pregona la misericordia del Señor para todos los hombres y mujeres, de todos los tiempos y de todos los confines de la tierra. En María se realiza plenamente lo que San Pablo pide a todos los cristianos: "Estad siempre alegres en el Señor. Os lo repito, estad alegres" (Fil 4,4). La alegría es el estado permanente del corazón de María: "Alégrate María, el Señor está contigo", le dijo el ángel Gabriel, y desde entonces será como el rasgo distintivo del corazón de la Virgen María. Como Ella misma dijo: "Desde ahora todas las generaciones me llamarán feliz" (Lc 1,48), porque ha sido Dios, en quien Ella creyó, quien se ha fijado en Ella y le ha regalado esta condición de "mujer feliz", dichosa, alegre.
El secreto de la alegría perenne de la Virgen María es, también, el secreto de la felicidad de todo ser humano. No hay otro camino. Con fe y profundo deseo, pidamos a Dios que, como María, rebosemos de alegría auténtica y plena para poderla comunicar a todos: "Oh Dios, que, por la encarnación de tu Hijo, nacido de la Virgen María, has llenado al mundo de alegría, concédenos, a los que veneramos a su Madre, causa de nuestra alegría, el amor a tus preceptos y la esperanza en tus promesas, para que, en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría".
5. Los cristianos, "testigos y causa de alegría".
Los cristianos debemos "estar siempre alegres en el Señor". Cuando nos relacionamos familiarmente con María, cuando la festejamos con amor y devoción, reconociendo agradecidos su presencia y acción en nuestra vida, recibimos como resultado la alegría. Al acercarnos a la Virgen María con fe, al aprender de ella a conformar nuestra vida con la voluntad de Dios, al poner en sus manos nuestras necesidades espirituales, experimentamos que Ella es "causa de nuestra alegría". En la práctica, la autenticidad de nuestra devoción a la Virgen queda demostrada cuando "se acrecienta la alegría y aumenta el gozo" en nuestra vida, porque ésa será la señal de que estamos empeñados en imitar a María en su "sí" a Dios, haciendo siempre y en todo la voluntad de Dios.
La alegría es como el signo característico de un corazón que está unido y entregado al de María. Ella, "causa de nuestra alegría", quiere que también nosotros seamos portadores para los demás de este don, que el mundo espera y necesita. Pero, sólo quien vive en Dios comunica la verdadera alegría. Por eso, la Virgen, como a los criados de la Boda de Caná, no cesa de pedirnos, en relación a su Hijo: "Haced lo que él os diga" (Jn 2,5). Y cuando hacemos lo que Cristo nos dice, como sucedió en Caná, nos convertimos en "causa de alegría" para quienes nos rodean. Hacer lo que Cristo nos pide es hacer siempre el bien y, al hacerlo, nos convertimos en "testigos y causa de alegría" para otros.
"Estad siempre alegres en el Señor". ¿Es posible estar siempre alegres, incluso en situaciones dolorosas? Las cosas de Dios no pasan y, por eso, la alegría que Dios comunica permanece. La alegría que Dios da, es una alegría distinta a la que nosotros vivimos cuando algo nos pone contentos y que desaparece al menor contratiempo. La alegría que Dios da es profunda, es una alegría "en Dios", es una alegría que no pasa, por mucho que cambien las circunstancias externas, como la vivió la Virgen María que permaneció alegre aún en medio de la adversidad. Estamos hablando de aquella alegría que se instala en lo más hondo de nuestro espíritu, allí donde entramos en comunión con el Espíritu de Dios y somos movidos por él. Entonces, como dice Jesús: "Nadie será capaz de quitaros vuestra alegría" (Jn 16, 22). "Saber que Dios no está lejos, sino cercano; que no es indiferente, sino compasivo; que no es ajeno, sino un Padre misericordioso que nos sigue con cariño en el respeto de nuestra libertad: este es motivo de una alegría profunda que las cambiantes vicisitudes cotidianas no pueden arañar" (Juan Pablo II).
La vida de cualquiera de nosotros, como la de la Virgen María, no está exenta de pruebas y dificultades, de incomprensiones y rechazo, de dolor y sufrimiento. Sin embargo, en medio de las pruebas y el dolor, el creyente sabe conservar, como María, el dinamismo de la alegría que viene de Dios. "Una característica inconfundible de la alegría cristiana es que puede convivir con el sufrimiento, pues se basa totalmente en el amor. De hecho, el Señor que «está cerca» de nosotros, hasta el punto de hacerse hombre, viene a infundirnos su alegría, la alegría de amar. Sólo así se comprende la serena dicha de los mártires incluso en medio de las pruebas…" (Juan Pablo II, Ángelus 14-12-2003).
No deja de ser sorprendente que Jesús nos diga: "Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos" (Mt 5,11-12) y, de hecho, los apóstoles testimonian esta alegría en medio de la persecución: "Marcharon de la presencia del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por Cristo" (Hech. 5,41). "Alegraos en la medida en que participáis de los sufrimientos de Cristo, para que también os alegréis en la revelación de su gloria" (1Pe 4,13). Estar alegres en la tribulación es el testimonio por excelencia de la autenticidad cristiana, el signo visible de que estamos en Dios y Él en nosotros. Evidentemente "la alegría en el sufrimiento" no es espontánea o instintiva. Sólo es posible, como en María y en los santos —particularmente en los mártires—, en una obediencia a la voluntad de Dios cada vez más perfecta, hasta el punto de preferir morir antes que desobedecer a Dios". Sólo la adhesión personal a la voluntad amorosa de Dios, descubierta en la oración, fortalecida y alimentada por los sacramentos, y vivida en la caridad, es el manantial de nuestra alegría interior.
Con palabras de Juan Pablo II podemos pedirle a la Virgen María: "Causa nostrae laetítiae", causa de nuestra alegría, ¡ruega por nosotros! Enséñanos a saber captar, en la fe, la paradoja de la alegría cristiana, que nace y florece en el dolor, en la renuncia, en la unión con tu Hijo crucificado: ¡haz que nuestra alegría sea siempre auténtica y plena para podérsela comunicar a todos! Amén".
6. Causa de nuestra alegría, ruega por nosotros
La Madre Teresa de Calcuta decía que "la alegría era la fuerza de la Virgen. Sólo la alegría pudo darle fuerza para caminar sin cansarse hasta las colinas de Judea para realizar el trabajo de servidora de su prima Isabel. También nosotros tenemos que marchar sin detenernos, más allá de las colinas de las dificultades."
En las letanías del Rosario reconocemos a María como la que nos trae la alegría. Y oramos diciendo "Causa de nuestra alegría, ruega por nosotros", que es lo mismo que pedirle: "danos tu alegría", "ayúdanos a ser alegres como Tú". Por eso, cuando estamos desolados, es decir, cuando estamos pasándolo mal, decaídos, como tirados, sin ganas de nada, tristes, sin sentir la cercanía de Dios, como que nos traga la tierra o nos hundimos en el mar, no dudemos en acudir a la Virgen María. Ella nos contagia del gozo, la paz y la alegría que Dios le dio. Puede que las situaciones que nos han conducido a nuestra desolación no se resuelvan como desearíamos, pero con Ella, y contagiados de su alegría, podemos afrontar esas dificultades con buen ánimo y sin desfallecer porque para Dios nada hay imposible.
En esta Bajada de la Virgen aprendamos, para toda nuestra vida, que la Virgen María nos da la alegría. En medio del mundo que nos ha tocado vivir, en las dificultades y problemas de la vida, en los momentos de dolor, aprendamos de María a conservar siempre la profunda alegría y la paz interior que da la unión íntima con Dios, con su amor. En esa relación profunda con el Señor encontraremos sosiego para nuestras inquietudes, consuelo en el dolor, fuerza para vivir nuestros compromisos y motivación para avanzar en el camino del bien. Y, con este canto del P. Mariano de Blas, LC, pidamos a la Virgen que, en toda circunstancia, permanezca en nosotros la alegría de vivir:
María tú que velas junto a míy ves el fuego de mi inquietudMaría, madre, enséñame a vivircon ritmo alegre de juventud.Ven Señora a nuestra soledad,ven a nuestro corazón,a tantas esperanzas que se han muerto,a nuestro caminar sin ilusión.Ven y danos la alegríaque nace de la fe y del amor,el gozo de las almas que confíanen medio del esfuerzo y el dolor.Ven y danos tu esperanzapara sonreír en la aflicción,la mano que del suelo nos levanta,la gracia de la paz y del perdón.Ven y danos confianza,sonrisa que en tu seno floreció,sabiendo que en las dudas y tormentasjamás nos abandona nuestro Dios.
La grandeza de María, Madre de Dios y Madre nuestra, es siempre motivo de inmensa alegría para todos sus hijos, alegría que en la isla de La Palma adquiere una relevancia especial al celebrar las centenarias Fiestas Lustrales en honor de Nuestra Señora Santa María de Las Nieves. La variedad y esplendor de los actos que se realizan, expresan el amor y la devoción de los palmeros a la Virgen María e implican el encuentro con la Madre de todos. Un encuentro al que Ella corresponde "acrecentando nuestra alegría y aumentando nuestro gozo".
Deseando a todos que se adentren en el genuino espíritu de la Bajada de la Virgen y que al celebrarla se llenen de alegría desbordante, les bendice de todo corazón,
† Bernardo Álvarez Afonso
Obispo Nivariense
El siguiente mensaje corresponde a las palabras de nuestro obispo nivariense
Queridos diocesanos:
El próximo 21 de marzo, celebraremos el "Día del Seminario" de este año 2010. De nuevo, estamos invitados a orar y avivar nuestra inquietud y colaboración en pro de las vocaciones sacerdotales y de nuestro Seminario, máxime cuando estamos inmersos en la celebración del "Año Sacerdotal".
Hablar del Seminario Diocesano es hablar de los futuros sacerdotes. Es hablar de aquellos que, a medio y corto plazo, se harán cargo de continuar la atención a nuestras parroquias (312 en toda la diócesis), a las capellanías en los hospitales y centros de mayores, a los centros penitenciarios, a las comunidades religiosas y a los diversos servicios diocesanos (Obispado, Catedral, Seminario, Delegaciones...).
Hablar del Seminario es hablar de las vocaciones, porque "el sacerdocio" es una vocación en el sentido más teológico de la palabra, es decir, la elección que Dios hace a una persona para que haga presente, con su vida y ministerio, a Jesucristo Cabeza y Pastor de la Iglesia. No es la persona quien elige y decide ser sacerdote porque le gusta la cosa, sino que es Dios quien la elige y la llama para que consagre su vida al servicio de los demás mediante el ministerio que se le confiere con el Sacramento del Orden Sacerdotal. Al que es llamado le corresponde conocer y responder a lo que Dios le pide. Libremente puede aceptarlo o rechazarlo, pero la iniciativa siempre parte de Dios. La vocación sacerdotal es don que Dios da sin merecerlo y que nadie puede merecer ni exigir como un derecho.
Ante la evidente disminución de vocaciones al sacerdocio podemos preguntarnos: ¿Sigue Dios eligiendo y llamando hoy al sacerdocio? ¿A qué se debe el escaso número de seminaristas? Como en la parábola evangélica del sembrador, no es culpa del que llama, que sigue haciéndolo, ni es culpa del escaso valor o grandeza del ministerio sacerdotal, pues su importancia y necesidad es hoy más fuerte que nunca, sino que la causa está en quien es llamado y en su falta de disponibilidad para aceptar, sin condiciones, la elección que Dios hace. La causa del escaso número de vocaciones al sacerdocio está en las múltiples objeciones y obstáculos –interiores y exteriores- con que tropiezan los jóvenes cristianos a la hora de decidirse a consagrar su vida, en cuerpo y alma, al servicio de los demás.
Por eso, no podemos menos que alegrarnos y decir: "¡Chapó! por los seminaristas". Sí. ¡Chapó! porque son jóvenes libres y valientes que, habiendo sentido la llamada de Dios, han dado el paso diciendo "sí", y se están preparando para realizar con su vida y ministerio el sacerdocio de Jesucristo al servicio de la Iglesia y del mundo. ¡Chapó! a los seminaristas porque superando las propias objeciones interiores y haciendo frente a los obstáculos de un ambiente adverso, se esfuerzan cada día por ser fieles a la llamada recibida y se preparan con ilusión para ser buenos sacerdotes.
¡Chapó! Seminaristas, y no pierdan el ánimo. Saben que quién les ha llamado es fiel y está siempre con ustedes. Como San Pablo, "estoy convencido precisamente de esto: que el que comenzó en ustedes la buena obra, la llevará a término" (Filp. 1,6). Saben que el pueblo cristiano les valora y les apoya, que miles de fieles rezan por ustedes y ayudan económicamente al sostenimiento del Seminario. Seguid adelante. El camino ciertamente es duro pero merece la pena, porque los trabajos de ahora no pesan en comparación con la grandeza y dignidad del sacerdocio que el Señor les quiere confiar.
Sacerdotes. Seminaristas. Seminario. Tres realidades fundamentales en la vida de la Iglesia y todas ellas al servicio del pueblo de Dios. Habrá sacerdotes si hay vocaciones y seminaristas que se preparan para ser ordenados. A su vez, los seminaristas necesitan un buen Seminario que es, precisamente, el lugar más propio y único para iniciar a los candidatos al sacerdocio en las virtudes sacerdotales: la fe, la esperanza, la caridad pastoral, la vida orante, el celibato, la pobreza, la disponibilidad obediente, la formación teológica, la fraternidad presbiteral... y todas las actitudes y obras de misericordia, que el sacerdote está llamado a realizar a imagen de Cristo el Buen Pastor, compasivo y misericordioso, como indica el lema para la celebración del Día del Seminario de este año: «El sacerdote, testigo de la misericordia de Dios».
Las vocaciones al sacerdocio nacen en el seno de nuestras parroquias, grupos y comunidades. Todos los fieles, de una forma u otra, ponen su mano para que no nos falten sacerdotes: la oración por las vocaciones, por los sacerdotes y los seminaristas, la ayuda económica al Seminario, el aprecio al sacerdocio y la colaboración con su ministerio, etc., son medios que mantienen viva la conciencia de que los sacerdotes "son nuestros" y "para nosotros" y, consecuentemente, que son responsabilidad de todos.
Sacerdotes. Seminaristas. Seminario. ¿Qué podemos hacer para que estas realidades se mantengan vivas en nuestra Diócesis? Les ofrezco estas sencillas indicaciones que todos podemos realizar:
Rezar por los sacerdotes, para que con su fidelidad y ejemplo sirvan de testimonio y llamada para muchos jóvenes. "El testimonio suscita vocaciones", es el mensaje del Papa para la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones de este año. Orar por los sacerdotes, además de ser un signo de amor, por lo que son y por el servicio que prestan, es –también- una ayuda fundamental para que puedan ser buenos y santos sacerdotes que atraigan a los jóvenes a esta vocación.
Rezar por los seminaristas para que lleguen a ser sacerdotes bien preparados y apóstoles generosos. La vocación tiene su origen en la llamada de Dios y en Él tiene su fundamento permanente. Jesús nos enseña que todo lo que pidamos al Padre en su nombre nos lo dará. Pidamos constantemente por los seminaristas para que no se pierda ninguno de los que Dios ha elegido.
Entusiasmar, abiertamente, con la llamada del Evangelio "ven y sígueme", a muchos jóvenes cristianos que sienten interiormente el deseo de servir a los demás y trabajar por un mundo mejor. Es la etapa de la vida en la que se toman decisiones para el futuro y todo joven cristiano, en diálogo sincero con Dios, debe preguntar "¿Señor, que quieres que haga?" y responder con generosidad a lo que Dios le pide, ofreciéndose a ser enviado por Él, con la confianza de que eso es lo mejor para su vida.
Despertar también, sin temor y con sencillez, esta conciencia en los niños; en muchos de ellos hay una semilla de vocación que esta llamada a crecer y es necesario cultivar con esmero.
Cultivar la generosidad en el corazón de los padres cristianos para que, con satisfacción y alegría, permitan a sus hijos poder seguir la vocación al sacerdocio y les apoyen en su camino de fidelidad a la llamada de Dios.
Plantearse, en todos los ámbitos de la Iglesia (parroquias, movimientos, comunidades, escuelas católicas, asociaciones y grupos cristianos) la importancia y necesidad de los sacerdotes para la plena vivencia de nuestra fe, y poner los medios para que surjan nuevas vocaciones. Un planteamiento serio y profundo en este terreno es signo evidente de nuestra madurez cristiana, tanto personal como comunitaria.
Ser generosos con nuestra aportación económica: para una formación amplia y profunda de los futuros sacerdotes, acorde con las necesidades de nuestro tiempo, es necesario invertir dinero. Un dinero que sale del bolsillo de todos y que es una forma de servir a los demás con lo que uno tiene, porque "invertir en la formación de un sacerdote" produce "una rentabilidad" que perdura a lo largo de tiempo en beneficio de miles de personas. Pocas realidades tienen un efecto tan multiplicador a favor de los demás como la vida y ministerio de un sacerdote.
Queridos diocesanos: Agradecidos a Dios por los sacerdotes, no dejemos de orar por ellos y de colaborar en su ministerio. Pedid al Señor que siga dándonos muchos y buenos sacerdotes, pues el trabajo es abundante y los obreros son pocos. Apoyad en todo momento al Seminario y a los seminaristas para que no falten pastores que, en nombre de Cristo, cuiden al pueblo de Dios.
† Bernardo Álvarez Afonso
Obispo Nivariense
La revista diocesana "Iglesia Nivariense" cumple -en este mes- 100 números. Una revista que comenzó hace ocho años atrás, y que a modo de boletín de cuatro páginas, informó a todos los diocesanos del desarrollo del que fuera el Primer SÍnodo de nuestra Iglesia Partícular, la que peregrina en La Palma, La Gomera, El Hierro y Tenerife.
Desde entonces -como se nos cuenta en la editorial de la revista número 100- "hemos sido el reflejo de una comunidad viva, repartida por cuatro islas, que en este tiempo apasionante se reconoce a sí misma ´a medio hacer´, reinventándose cada día alimentada por el aliento del único Señor de la vida". "Sus miles de páginas -continua la misma editorial- son sólo una muestra de nuestras potencialidades, de la riqueza que Dios nos ha regalado en cada hombre y en cada mujer para seguir mirando hacia adelante, para seguir construyendo la Iglesia con nuestro obispo al frente".
El deseo de todos aquellos que forman parte del equipo que confeccionan cada número de la Revista "Iglesia Nivariense" (director, jefe de redacción, redactores, colaboradores,...) es "seguir escribiendo sin echar la vista atrás" y contando con "el esfuerzo de todos: de reporteros improvisados que experimenten la presencia de Dios en sus comunidades y se decidan compartirla, y de sacerdotes, religiosos y laicos que aprendan a mirar estas páginas como nosotros las vemos: un contenedor lleno de vida que quiere ser comunicada".
En definitiva, una revista que "envueltas en papel de imprenta te ofrece aquellas cosas grandes que dibuja Dios a diario en cada rincón de la Diócesis".
Desde esta web de COPE TENERIFE, nuestra más sincera FELICITACIÓN y pedir al Señor que siga haciendo prósperas las obras de las manos de todos los que "cocinan" las páginas de la revista diocesana "Iglesia Nivariense".
Revista que pueden adquirir en cada una de las comunidades parroquiales o en la librería Diocesana (La Laguna).
El enlace para poder ver esta edición:
http://www.obispadodetenerife.es/Documentos/Iglesianiva.pdf












