PARROQUIA DE LOS REMEDIOS

Le damos la bienvenida al blog de la Parroquia de Nuestra Señora de Los Remedios (Los Llanos de Aridane)
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El P. General de la Compañía de Jesús (C.J.), Adolfo Nicolás, ha nombrado a Francisco José Ruiz Pérez, S.J., nuevo Provincial de la Provincia de España, para suceder al P. Elías Royón Lara, que ha desempeñado esta función los seis años que dura el mandato, desde el pasado 5 de septiembre de 2004. Francisco José Ruiz Pérez, de 49 años, tomará posesión de su cargo el próximo 22 de septiembre. Acababa de terminar su mandato como provincial de la Bética de la C.J. Es licenciado en Filosofía y Doctor en Teología (especialidad Teología Dogmática).

Nació en Santa Cruz de La Palma el 2 de octubre de 1961 e ingresó, con 20 años, en el noviciado de la Compañía de Jesús en Sevilla (1981).
Cursó en Madrid la Licenciatura en Filosofía en la Universidad Pontificia Comillas (1983-1988), al tiempo que colaboraba en pastoral colegial y universitaria. La siguiente etapa de formación (Magisterio, 1988-89) la realizó en Sevilla, donde también realizó labores pastorales y de docencia.

Estudió el primer ciclo de Teología en la Facultad de Teología de Cartuja, Granada y fue miembro de la Comisión Provincial de Formación (1990-93). De 1993 a 1997 residió en Frankfurt (Alemania), donde hizo el doctorado en Teología Dogmática por Sankt Georgen Hochschule. Fue ordenado sacerdote en Santa Cruz de Tenerife, el 2 de julio de 1994, por Mons. D. Felipe Fernández García.

En el curso 1997-98 realizó la Tercera Probación (última etapa de formación de los jesuitas) en Calera de Tango (Chile), siendo su Instructor el P. Juan Ochagavía. Acabada la formación, recibió como destino la Facultad de Teología de Cartuja (Granada). Allí pronunció los Últimos Votos en 1999. En Granada fue Profesor de Teología Dogmática y Asistente de la Comunidad de Vida Cristiana (CVX) (1998-04), Rector del Teologado Anchieta y Coordinador Provincial de Pastoral Universitaria (01-04). En 2004 fue nombrado Provincial de la Provincia Bética por el P. Peter-Hans Kolvenbach y, como tal, asistió a la Congregación General 35 (2008).

La Provincia única

En la actualidad, existen 1.385 jesuitas en España que se distribuyen en cinco provincias: Aragón (Aragón, Comunidad Valenciana y Baleares), Bética (Andalucía y Canarias), Castilla (Galicia, Asturias, Cantabria, La Rioja, Castilla y León, Castilla-La Mancha, Madrid, Extremadura y Murcia), Loyola (País Vasco y Navarra) y Tarraconense (Cataluña). Además de estas, la Provincia de España ejerce labores de coordinación y representación eclesial y de ella dependen las casas de Formación de la C.J.

Motivos pastorales hicieron que en noviembre de 2008, el P. General diera el visto bueno a la unificación de estas cinco provincias en una única Provincia que abarque todo el territorio del Estado. Desde entonces se trabaja intensamente en este proceso que culminará, como tarde, en 2.016.

En España, los jesuitas ejercen desde hace cinco siglos labores educativas, de formación, teológica, pastorales, sociales, espirituales... Por ejemplo, la pastoral se ejerce, entre otros ámbitos, en las 40 parroquias, de la C.J. o encomendadas a ella; o en el acompañamiento de grupos de laicos (como las CVX, las redes ignacianas). Alrededor de 67.000 alumnos estudian en 68 colegios y más de 50.000 alumnos se forman en sus 2 universidades (Deusto y Universidad Pontificia Comillas) y varios centros universitarios (ESADE, ETEA...) En cuanto a la acción social, las tres prioridades son los Inmigrantes, los Menores en riesgo y la Cooperación al Desarrollo y la ejercen a través de diversos centros de atención a estos colectivos, en centros de estudios y publicaciones sobre estas problemáticas y a través de 2 ongs (Entreculturas, Alboan) y de los centenares jesuitas españoles que son misioneros. También hay numerosos jesuitas en el ámbito cultural trabajando en centros fe-cultura y en las 2 editoriales de la CJ en España (Mensajero, Salterrae). Y, por su puesto, lo característico de la C.J.; el fomento y difusión de la espiritualidad ignaciana y de los Ejercicios Espirituales, lo realizan de manera especial los jesuitas en 16 Centros de Espiritualidad y Casas de Ejercicios de nuestro país.

El actual provincial

Elías Royón Lara, ha sido provincial de España desde 2004 y ejercerá su cargo hasta el próximo 22 de septiembre (2010). Nacido el 22 de febrero de 1937 en Benamejí (Córdoba), ingresa en la Compañía en 1957 en Aranjuez. Se ordena sacerdote el 28 de junio de 1969 en Madrid y hace sus últimos votos el 5 de noviembre de 1975. Es licenciado en Filosofía (Alcalá de Henares, 1964) y doctor en Teología por la Universidad Gregoriana de Roma (1974). Ha sido maestro de novicios de la Compañía en España (1973-1981), vicerrector de la Universidad Pontificia Comillas (Madrid, 1981-1987); Presidente Nacional de la CONFER (1994-1995); provincial de Toledo (1987-1993) y Provincial de España (1993-1995). Desde 1995 era Asistente de Europa Meridional de la Compañía de Jesús, hasta que en 2004 fuera nombrado de nuevo Provincial de España.
El 12 de noviembre de 2009 fue elegido, para cuatro años, presidente de CONFER, cargo que seguirá ejerciendo cuando deje el de provincial de España de la C.J.

EL TESTIMONIO SUSCITA VOCACIONES

Publicado por Parroquia de Los Remedios viernes, 16 de abril de 2010 0 comentarios



Me es grato recordar lo que escribió mi venerado predecesor Juan Pablo II: «La
vida misma de los presbíteros, su entrega incondicional a la grey de Dios, su testimonio
de servicio amoroso al Señor y a su Iglesia —un testimonio sellado con la opción
por la cruz, acogida en la esperanza y en el gozo pascual—, su concordia fraterna
y su celo por la evangelización del mundo, son el factor primero y más persuasivo
de fecundidad vocacional» (Pastores dabo vobis, 41). Se podría decir que las vocaciones
sacerdotales nacen del contacto con los sacerdotes, casi como un patrimonio
precioso comunicado con la palabra, el ejemplo y la vida entera.
Esto vale también para la vida consagrada. La existencia misma de los religiosos
y de las religiosas habla del amor de Cristo, cuando le siguen con plena fi delidad al
Evangelio y asumen con alegría sus criterios de juicio y conducta. Llegan a ser «signo
de contradicción» para el mundo, cuya lógica está inspirada muchas veces por el
materialismo, el egoísmo y el individualismo. Su fi delidad y la fuerza de su testimonio,
porque se dejan conquistar por Dios renunciando a sí mismos, sigue suscitando
en el alma de muchos jóvenes el deseo de seguir a Cristo para siempre, generosa y
totalmente. Imitar a Cristo casto, pobre y obediente, e identifi carse con Él: he aquí el
ideal de la vida consagrada, testimonio de la primacía absoluta de Dios en la vida y
en la historia de los hombres.
Todo presbítero, todo consagrado y toda consagrada, fi eles a su vocación, transmiten
la alegría de servir a Cristo, e invitan a todos los cristianos a responder a la
llamada universal a la santidad. Por tanto, para promover las vocaciones específi cas
al ministerio sacerdotal y a la vida religiosa, para hacer más vigoroso e incisivo el
anuncio vocacional, es indispensable el ejemplo de todos los que ya han dicho su
«sí» a Dios y al proyecto de vida que Él tiene sobre cada uno. El testimonio personal,
hecho de elecciones existenciales y concretas, animará a los jóvenes a tomar
decisiones comprometidas que determinen su futuro. Para ayudarles es necesario el
arte del encuentro y del diálogo capaz de iluminarles y acompañarles, a través sobre
todo de la ejemplaridad de la existencia vivida como vocación. Así lo hizo el santo
Cura de Ars, el cual, siempre en contacto con sus parroquianos, «enseñaba, sobre
todo, con el testimonio de su vida. De su ejemplo aprendían los fi eles a orar» (Carta
para la convocación del Año Sacerdotal, 16 junio 2009).
Que esta Jornada Mundial ofrezca de nuevo una preciosa oportunidad a muchos
jóvenes para refl exionar sobre su vocación, entregándose a ella con sencillez, confi
anza y plena disponibilidad. Que la Virgen María, Madre de la Iglesia, custodie
hasta el más pequeño germen de vocación en el corazón de quienes el Señor llama
a seguirle más de cerca, hasta que se convierta en árbol frondoso, colmado de frutos
para bien de la Iglesia y de toda la humanidad. Rezo por esta intención, a la vez que
imparto a todos la Bendición Apostólica.
Vaticano, 13 de noviembre de 2009


XLVII JORNADA MUNDIAL DE
ORACIÓN POR LAS VOCACIONES


25 de abril de 2010 – IV Domingo de Pascua
Tema: «El testimonio suscita vocaciones»




Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
Queridos hermanos y hermanas:
La XLVIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebrará en
el IV domingo de Pascua, domingo del «Buen Pastor», el 25 de abril de 2010, me
ofrece la oportunidad de proponer a vuestra refl exión un tema en sintonía con el
Año Sacerdotal: El testimonio suscita vocaciones. La fecundidad de la propuesta
vocacional, en efecto, depende primariamente de la acción gratuita de Dios, pero,
como confi rma la experiencia pastoral, está favorecida también por la cualidad y
la riqueza del testimonio personal y comunitario de cuantos han respondido ya a la
llamada del Señor en el ministerio sacerdotal y en la vida consagrada, puesto que
su testimonio puede suscitar en otros el deseo de corresponder con generosidad a la
llamada de Cristo. Este tema está, pues, estrechamente unido a la vida y a la misión
de los sacerdotes y de los consagrados. Por tanto, quisiera invitar a todos los que el
Señor ha llamado a trabajar en su viña a renovar su fiel respuesta, sobre todo en este
Año Sacerdotal, que he convocado con ocasión del CL aniversario de la muerte de
san Juan María Vianney, el Cura de Ars, modelo siempre actual de presbítero y de
párroco.
Ya en el Antiguo Testamento los profetas eran conscientes de estar llamados a
dar testimonio con su vida de lo que anunciaban, dispuestos a afrontar incluso la
incomprensión, el rechazo, la persecución. La misión que Dios les había confiado los
implicaba completamente, como un incontenible «fuego ardiente» en el corazón (cf.
Jr 20, 9), y por eso estaban dispuestos a entregar al Señor no solamente la voz, sino
toda su existencia. En la plenitud de los tiempos, será Jesús, el enviado del Padre
(cf. Jn 5, 36), el que con su misión dará testimonio del amor de Dios hacia todos los
hombres, sin distinción, con especial atención a los últimos, a los pecadores, a los
marginados, a los pobres. Él es el Testigo por excelencia de Dios y de su deseo de
que todos se salven. En la aurora de los tiempos nuevos, Juan Bautista, con una vida
enteramente entregada a preparar el camino a Cristo, da testimonio de que en el Hijo
de María de Nazaret se cumplen las promesas de Dios. Cuando lo ve acercarse al río
Jordán, donde estaba bautizando, lo muestra a sus discípulos como «el Cordero de
Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29). Su testimonio es tan fecundo, que
dos de sus discípulos «oyéndole decir esto, siguieron a Jesús» (Jn 1, 37).
También la vocación de Pedro, según escribe el evangelista Juan, pasa a través
del testimonio de su hermano Andrés, el cual, después de haber encontrado al Maestro
y haber respondido a la invitación de permanecer con Él, siente la necesidad
de comunicarle inmediatamente lo que ha descubierto en su «permanecer» con el
Señor: «Hemos encontrado al Mesías –que quiere decir Cristo– y lo llevó a Jesús»
(Jn 1, 41-42). Lo mismo sucede con Natanael, Bartolomé, gracias al testimonio de
otro discípulo, Felipe, el cual comunica con alegría su gran descubrimiento: «Hemos
encontrado a aquel de quien escribió Moisés, en el libro de la ley, y del que hablaron
los Profetas: es Jesús, el hijo de José, el de Nazaret» (Jn 1, 45). La iniciativa libre y
gratuita de Dios encuentra e interpela la responsabilidad humana de cuantos acogen
su invitación para convertirse con su propio testimonio en instrumentos de la llamada
divina. Esto acontece también hoy en la Iglesia: Dios se sirve del testimonio de
los sacerdotes, fieles a su misión, para suscitar nuevas vocaciones sacerdotales y religiosas
al servicio del Pueblo de Dios. Por esta razón deseo señalar tres aspectos de la
vida del presbítero, que considero esenciales para un testimonio sacerdotal eficaz.
Elemento fundamental y reconocible de toda vocación al sacerdocio y a la vida
consagrada es la amistad con Cristo. Jesús vivía en constante unión con el Padre, y esto
era lo que suscitaba en los discípulos el deseo de vivir la misma experiencia, aprendiendo
de Él la comunión y el diálogo incesante con Dios. Si el sacerdote es el «hombre
de Dios», que pertenece a Dios y que ayuda a conocerlo y amarlo, no puede dejar de
cultivar una profunda intimidad con Él, permanecer en su amor, dedicando tiempo a la
escucha de su Palabra. La oración es el primer testimonio que suscita vocaciones. Como
el apóstol Andrés, que comunica a su hermano haber conocido al Maestro, igualmente
quien quiere ser discípulo y testigo de Cristo debe haberlo «visto» personalmente, debe
haberlo conocido, debe haber aprendido a amarlo y a estar con Él.
Otro aspecto de la consagración sacerdotal y de la vida religiosa es el don total
de sí mismo a Dios. Escribe el apóstol Juan: «En esto hemos conocido lo que es el
amor: en que él ha dado su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida
por los hermanos» (1 Jn 3, 16). Con estas palabras, el apóstol invita a los discípulos
a entrar en la misma lógica de Jesús que, a lo largo de su existencia, ha cumplido la
voluntad del Padre hasta el don supremo de sí mismo en la cruz. Se manifiesta aquí
la misericordia de Dios en toda su plenitud; amor misericordioso que ha vencido las
tinieblas del mal, del pecado y de la muerte. La imagen de Jesús que en la Última
Cena se levanta de la mesa, se quita el manto, toma una toalla, se la ciñe a la cintura
y se inclina para lavar los pies a los apóstoles, expresa el sentido del servicio y del
don manifestados en su entera existencia, en obediencia a la voluntad del Padre (cf.
Jn 13, 3-15). Siguiendo a Jesús, quien ha sido llamado a la vida de especial consagración
debe esforzarse en dar testimonio del don total de sí mismo a Dios. De ahí
brota la capacidad de darse luego a los que la Providencia le confíe en el ministerio
pastoral, con entrega plena, continua y fiel, y con la alegría de hacerse compañero de
camino de tantos hermanos, para que se abran al encuentro con Cristo y su Palabra
se convierta en luz en su sendero. La historia de cada vocación va unida casi siempre
con el testimonio de un sacerdote que vive con alegría el don de sí mismo a los hermanos
por el Reino de los Cielos. Y esto porque la cercanía y la palabra de un sacerdote
son capaces de suscitar interrogantes y conducir a decisiones incluso definitivas
(cf. Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal, Pastores dabo vobis, 39).
Por último, un tercer aspecto que no puede dejar de caracterizar al sacerdote y a
la persona consagrada es el vivir la comunión. Jesús indicó, como signo distintivo
de quien quiere ser su discípulo, la profunda comunión en el amor: «Por el amor que
os tengáis los unos a los otros reconocerán todos que sois discípulos míos» (Jn 13,
35). De manera especial, el sacerdote debe ser hombre de comunión, abierto a todos,
capaz de caminar unido con toda la grey que la bondad del Señor le ha confiado,
ayudando a superar divisiones, a reparar fracturas, a suavizar contrastes e incomprensiones,
a perdonar ofensas. En julio de 2005, en el Encuentro con el Clero de
Aosta, tuve la oportunidad de decir que si los jóvenes ven sacerdotes muy aislados
y tristes, no se sienten animados a seguir su ejemplo. Se sienten indecisos cuando se
les hace creer que ése es el futuro de un sacerdote. En cambio, es importante llevar
una vida indivisa, que muestre la belleza de ser sacerdote. Entonces, el joven dirá:
«Sí, este puede ser un futuro también para mí, así se puede vivir» (Insegnamenti I
[2005], 354). El Concilio Vaticano II, refiriéndose al testimonio que suscita vocaciones,
subraya el ejemplo de caridad y de colaboración fraterna que deben ofrecer los
sacerdotes (cf. Optatam totius, 2).

VEN Y SIGUEME

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¿Por qué Haití es tan pobre?

Publicado por Parroquia de Los Remedios viernes, 22 de enero de 2010 0 comentarios



LUIS PRADOS EL PAÍS: 20/01/2010

Las catástrofes naturales, tan frecuentes este principio de siglo -tsunami en el
Índico en 2004, Cachemira en 2005, Sichuán en 2008, el reciente de Sumatra y
ahora Haití-, ocurridas en países pobres o en vías de desarrollo suelen llevar a
que la explicación física del desastre sirva también para justificar las causas de
la pobreza de la zona afectada. El castigo de Dios se desataría sobre los más
débiles, habitantes de tierras de naturaleza imposible.
Al autoaislamiento se unió la exclusión. El país encarnaba la peor pesadilla del
colonialismo
Haití, en concreto, tiene algunas desventajas físicas respecto de su vecino, la
República Dominicana -menos lluvias, suelo más pobre, los ríos de las
montañas dominicanas fluyen en su mayoría hacia el este...-. Sin embargo, los
dos países, como escribe Jared Diamond en su extraordinario libro Colapso.
Cómo las sociedades eligen fracasar o sobrevivir, son el perfecto antídoto para
el determinismo geográfico, el mejor ejemplo de cómo son las sociedades las
que deciden el destino de un país.
Hagamos un poco de historia. Cuando Colón llega a La Española en 1492 se
calcula que habitaban la isla medio millón de nativos, los taínos. Para su
desgracia, tenían oro. En 1519 quedaban tan sólo unos 11.000. España tuvo que
importar mano de obra esclava, pero pronto encontró lugares en el continente
americano de mayor interés.
La negligencia española llevó a la ocupación francesa del tercio occidental de la
isla para finales del siglo XVII. El cultivo intensivo de la caña de azúcar,
acompañado de una salvaje deforestación y de pérdida de fertilidad del suelo,
convirtió a Haití en la colonia más productiva de Francia en 1785. Para
entonces, su población esclava ascendía a 700.000 personas, el 85% del total,
frente a los 30.000 de la parte de la isla que seguía siendo española.
La rebelión de los esclavos haitianos y la Constitución de la primera república
negra en enero de 1804 horrorizó al Occidente blanco. Las nuevas autoridades
haitianas legislaron para que nunca se repitiera la tragedia de la esclavitud: no
habría más plantaciones, sino pequeñas parcelas de tierra para la subsistencia
de cada familia, y se prohibió el establecimiento y las inversiones de los
extranjeros.
Al autoaislamiento se unió la exclusión. Haití era la encarnación de la peor
pesadilla del colonialismo blanco. Como dice Ian Thomson, autor de Bonjour
Blanc, a Journey Through Haiti, "se pensaba que los haitianos eran incapaces
de gobernarse a sí mismos porque eran negros. Luego había que probar que
eran ingobernables". EE UU, por ejemplo, sólo reconoció la independencia de
Haití en 1862, en plena guerra civil. Pese a todo, la pequeña república era aún
mucho más rica que su vecina, a la que invadió en varias ocasiones en el siglo
XIX. Sin embargo, la República Dominicana contaba con algunas ventajas: no
estaba superpoblada, sus habitantes hablaban español y no creole y eran de
origen europeo, recibían bien a los hombres de negocios extranjeros y
desarrollaron una economía de exportación.
Los países sufrieron inestabilidad política y administraciones atroces -en Haití,
de 22 presidentes entre 1843 y 1915, 21 fueron asesinados o expulsados del
poder; en la República Dominicana, entre 1844 y 1930 hubo 50 cambios de
presidente- y la ocupación durante varias décadas por EE UU. Y después, el
despotismo del clan Duvalier y el clan Trujillo. Dos dictaduras cleptómanas
cuyas secuelas aún se pueden sentir. No hay maldición geográfica. La suerte de
Haití se decidió mucho antes del terremoto de hace una semana.