PARROQUIA DE LOS REMEDIOS

Le damos la bienvenida al blog de la Parroquia de Nuestra Señora de Los Remedios (Los Llanos de Aridane)

Acogida de la cruz y el icono de la JMJ en La Palma

Publicado por Parroquia de Los Remedios viernes, 30 de abril de 2010 0 comentarios

El Miercoles día 5 de Mayo la cruz y el icono de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) será embarcada desde el puerto de Los Cristianos hasta la capital palmera tras tener una gran acojida en la zona sur de Tenerife.

En La Palma estará durante un corto periodo de tiempo, concretamente desde las 21:15 hasta las 6:30, durante ese periodo que permanezca en la isla se realizaran varios actos, entre ellos un Via Lucis y la recepción en el puerto.


· Para mas información sobre los actos mirar el enlace: http://www.obispadodetenerife.es/imagenes/ProgramaDeLaCruz.jpg

Historia de la Cruz

La Cruz de la Jornada Mundial de la Juventud o Cruz de los Jóvenes es una cruz de madera de 3,8 m de altura entregada a los jóvenes por Juan Pablo II en la jornada de 1984 en Roma. El Papa encomendó a los jóvenes la tarea de llevarla por el mundo «como símbolo del amor de Jesús a la humanidad». En 2003 Juan Pablo II hizo entrega también de una imagen de la Virgen María para acompañar a la cruz en su «peregrinación».

La Jornada Mundial de la Juventud

La celebración de la XXIV Jornada Mundial de la Juventud está anunciada para la ciudad de Madrid, del 15 al 21 de agosto de 2011. Cuyo tema será: «Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (cfr. Col 2, 7).

La Jornada Mundial de la Juventud se realiza anualmente en cada diócesis del mundo el día de Domingo de Ramos, con una ceremonia principal en el Vaticano. Sin embargo, cada dos o tres años, se realiza un gran encuentro internacional realizado en una ciudad sede. Esta ceremonia es presidida por el Papa. Este último encuentro, de varios días de duración, es el que se asocia habitualmente con el nombre de Jornada Mundial de la Juventud.

La última jornada se celebró en Sídney del 15 al 20 de julio de 2008, y la próxima, según ha anunciado el Papa Benedicto XVI, tendrá lugar en Madrid, España, en 2011.

EL TESTIMONIO SUSCITA VOCACIONES

Publicado por Parroquia de Los Remedios viernes, 16 de abril de 2010 0 comentarios



Me es grato recordar lo que escribió mi venerado predecesor Juan Pablo II: «La
vida misma de los presbíteros, su entrega incondicional a la grey de Dios, su testimonio
de servicio amoroso al Señor y a su Iglesia —un testimonio sellado con la opción
por la cruz, acogida en la esperanza y en el gozo pascual—, su concordia fraterna
y su celo por la evangelización del mundo, son el factor primero y más persuasivo
de fecundidad vocacional» (Pastores dabo vobis, 41). Se podría decir que las vocaciones
sacerdotales nacen del contacto con los sacerdotes, casi como un patrimonio
precioso comunicado con la palabra, el ejemplo y la vida entera.
Esto vale también para la vida consagrada. La existencia misma de los religiosos
y de las religiosas habla del amor de Cristo, cuando le siguen con plena fi delidad al
Evangelio y asumen con alegría sus criterios de juicio y conducta. Llegan a ser «signo
de contradicción» para el mundo, cuya lógica está inspirada muchas veces por el
materialismo, el egoísmo y el individualismo. Su fi delidad y la fuerza de su testimonio,
porque se dejan conquistar por Dios renunciando a sí mismos, sigue suscitando
en el alma de muchos jóvenes el deseo de seguir a Cristo para siempre, generosa y
totalmente. Imitar a Cristo casto, pobre y obediente, e identifi carse con Él: he aquí el
ideal de la vida consagrada, testimonio de la primacía absoluta de Dios en la vida y
en la historia de los hombres.
Todo presbítero, todo consagrado y toda consagrada, fi eles a su vocación, transmiten
la alegría de servir a Cristo, e invitan a todos los cristianos a responder a la
llamada universal a la santidad. Por tanto, para promover las vocaciones específi cas
al ministerio sacerdotal y a la vida religiosa, para hacer más vigoroso e incisivo el
anuncio vocacional, es indispensable el ejemplo de todos los que ya han dicho su
«sí» a Dios y al proyecto de vida que Él tiene sobre cada uno. El testimonio personal,
hecho de elecciones existenciales y concretas, animará a los jóvenes a tomar
decisiones comprometidas que determinen su futuro. Para ayudarles es necesario el
arte del encuentro y del diálogo capaz de iluminarles y acompañarles, a través sobre
todo de la ejemplaridad de la existencia vivida como vocación. Así lo hizo el santo
Cura de Ars, el cual, siempre en contacto con sus parroquianos, «enseñaba, sobre
todo, con el testimonio de su vida. De su ejemplo aprendían los fi eles a orar» (Carta
para la convocación del Año Sacerdotal, 16 junio 2009).
Que esta Jornada Mundial ofrezca de nuevo una preciosa oportunidad a muchos
jóvenes para refl exionar sobre su vocación, entregándose a ella con sencillez, confi
anza y plena disponibilidad. Que la Virgen María, Madre de la Iglesia, custodie
hasta el más pequeño germen de vocación en el corazón de quienes el Señor llama
a seguirle más de cerca, hasta que se convierta en árbol frondoso, colmado de frutos
para bien de la Iglesia y de toda la humanidad. Rezo por esta intención, a la vez que
imparto a todos la Bendición Apostólica.
Vaticano, 13 de noviembre de 2009


XLVII JORNADA MUNDIAL DE
ORACIÓN POR LAS VOCACIONES


25 de abril de 2010 – IV Domingo de Pascua
Tema: «El testimonio suscita vocaciones»




Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
Queridos hermanos y hermanas:
La XLVIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebrará en
el IV domingo de Pascua, domingo del «Buen Pastor», el 25 de abril de 2010, me
ofrece la oportunidad de proponer a vuestra refl exión un tema en sintonía con el
Año Sacerdotal: El testimonio suscita vocaciones. La fecundidad de la propuesta
vocacional, en efecto, depende primariamente de la acción gratuita de Dios, pero,
como confi rma la experiencia pastoral, está favorecida también por la cualidad y
la riqueza del testimonio personal y comunitario de cuantos han respondido ya a la
llamada del Señor en el ministerio sacerdotal y en la vida consagrada, puesto que
su testimonio puede suscitar en otros el deseo de corresponder con generosidad a la
llamada de Cristo. Este tema está, pues, estrechamente unido a la vida y a la misión
de los sacerdotes y de los consagrados. Por tanto, quisiera invitar a todos los que el
Señor ha llamado a trabajar en su viña a renovar su fiel respuesta, sobre todo en este
Año Sacerdotal, que he convocado con ocasión del CL aniversario de la muerte de
san Juan María Vianney, el Cura de Ars, modelo siempre actual de presbítero y de
párroco.
Ya en el Antiguo Testamento los profetas eran conscientes de estar llamados a
dar testimonio con su vida de lo que anunciaban, dispuestos a afrontar incluso la
incomprensión, el rechazo, la persecución. La misión que Dios les había confiado los
implicaba completamente, como un incontenible «fuego ardiente» en el corazón (cf.
Jr 20, 9), y por eso estaban dispuestos a entregar al Señor no solamente la voz, sino
toda su existencia. En la plenitud de los tiempos, será Jesús, el enviado del Padre
(cf. Jn 5, 36), el que con su misión dará testimonio del amor de Dios hacia todos los
hombres, sin distinción, con especial atención a los últimos, a los pecadores, a los
marginados, a los pobres. Él es el Testigo por excelencia de Dios y de su deseo de
que todos se salven. En la aurora de los tiempos nuevos, Juan Bautista, con una vida
enteramente entregada a preparar el camino a Cristo, da testimonio de que en el Hijo
de María de Nazaret se cumplen las promesas de Dios. Cuando lo ve acercarse al río
Jordán, donde estaba bautizando, lo muestra a sus discípulos como «el Cordero de
Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29). Su testimonio es tan fecundo, que
dos de sus discípulos «oyéndole decir esto, siguieron a Jesús» (Jn 1, 37).
También la vocación de Pedro, según escribe el evangelista Juan, pasa a través
del testimonio de su hermano Andrés, el cual, después de haber encontrado al Maestro
y haber respondido a la invitación de permanecer con Él, siente la necesidad
de comunicarle inmediatamente lo que ha descubierto en su «permanecer» con el
Señor: «Hemos encontrado al Mesías –que quiere decir Cristo– y lo llevó a Jesús»
(Jn 1, 41-42). Lo mismo sucede con Natanael, Bartolomé, gracias al testimonio de
otro discípulo, Felipe, el cual comunica con alegría su gran descubrimiento: «Hemos
encontrado a aquel de quien escribió Moisés, en el libro de la ley, y del que hablaron
los Profetas: es Jesús, el hijo de José, el de Nazaret» (Jn 1, 45). La iniciativa libre y
gratuita de Dios encuentra e interpela la responsabilidad humana de cuantos acogen
su invitación para convertirse con su propio testimonio en instrumentos de la llamada
divina. Esto acontece también hoy en la Iglesia: Dios se sirve del testimonio de
los sacerdotes, fieles a su misión, para suscitar nuevas vocaciones sacerdotales y religiosas
al servicio del Pueblo de Dios. Por esta razón deseo señalar tres aspectos de la
vida del presbítero, que considero esenciales para un testimonio sacerdotal eficaz.
Elemento fundamental y reconocible de toda vocación al sacerdocio y a la vida
consagrada es la amistad con Cristo. Jesús vivía en constante unión con el Padre, y esto
era lo que suscitaba en los discípulos el deseo de vivir la misma experiencia, aprendiendo
de Él la comunión y el diálogo incesante con Dios. Si el sacerdote es el «hombre
de Dios», que pertenece a Dios y que ayuda a conocerlo y amarlo, no puede dejar de
cultivar una profunda intimidad con Él, permanecer en su amor, dedicando tiempo a la
escucha de su Palabra. La oración es el primer testimonio que suscita vocaciones. Como
el apóstol Andrés, que comunica a su hermano haber conocido al Maestro, igualmente
quien quiere ser discípulo y testigo de Cristo debe haberlo «visto» personalmente, debe
haberlo conocido, debe haber aprendido a amarlo y a estar con Él.
Otro aspecto de la consagración sacerdotal y de la vida religiosa es el don total
de sí mismo a Dios. Escribe el apóstol Juan: «En esto hemos conocido lo que es el
amor: en que él ha dado su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida
por los hermanos» (1 Jn 3, 16). Con estas palabras, el apóstol invita a los discípulos
a entrar en la misma lógica de Jesús que, a lo largo de su existencia, ha cumplido la
voluntad del Padre hasta el don supremo de sí mismo en la cruz. Se manifiesta aquí
la misericordia de Dios en toda su plenitud; amor misericordioso que ha vencido las
tinieblas del mal, del pecado y de la muerte. La imagen de Jesús que en la Última
Cena se levanta de la mesa, se quita el manto, toma una toalla, se la ciñe a la cintura
y se inclina para lavar los pies a los apóstoles, expresa el sentido del servicio y del
don manifestados en su entera existencia, en obediencia a la voluntad del Padre (cf.
Jn 13, 3-15). Siguiendo a Jesús, quien ha sido llamado a la vida de especial consagración
debe esforzarse en dar testimonio del don total de sí mismo a Dios. De ahí
brota la capacidad de darse luego a los que la Providencia le confíe en el ministerio
pastoral, con entrega plena, continua y fiel, y con la alegría de hacerse compañero de
camino de tantos hermanos, para que se abran al encuentro con Cristo y su Palabra
se convierta en luz en su sendero. La historia de cada vocación va unida casi siempre
con el testimonio de un sacerdote que vive con alegría el don de sí mismo a los hermanos
por el Reino de los Cielos. Y esto porque la cercanía y la palabra de un sacerdote
son capaces de suscitar interrogantes y conducir a decisiones incluso definitivas
(cf. Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal, Pastores dabo vobis, 39).
Por último, un tercer aspecto que no puede dejar de caracterizar al sacerdote y a
la persona consagrada es el vivir la comunión. Jesús indicó, como signo distintivo
de quien quiere ser su discípulo, la profunda comunión en el amor: «Por el amor que
os tengáis los unos a los otros reconocerán todos que sois discípulos míos» (Jn 13,
35). De manera especial, el sacerdote debe ser hombre de comunión, abierto a todos,
capaz de caminar unido con toda la grey que la bondad del Señor le ha confiado,
ayudando a superar divisiones, a reparar fracturas, a suavizar contrastes e incomprensiones,
a perdonar ofensas. En julio de 2005, en el Encuentro con el Clero de
Aosta, tuve la oportunidad de decir que si los jóvenes ven sacerdotes muy aislados
y tristes, no se sienten animados a seguir su ejemplo. Se sienten indecisos cuando se
les hace creer que ése es el futuro de un sacerdote. En cambio, es importante llevar
una vida indivisa, que muestre la belleza de ser sacerdote. Entonces, el joven dirá:
«Sí, este puede ser un futuro también para mí, así se puede vivir» (Insegnamenti I
[2005], 354). El Concilio Vaticano II, refiriéndose al testimonio que suscita vocaciones,
subraya el ejemplo de caridad y de colaboración fraterna que deben ofrecer los
sacerdotes (cf. Optatam totius, 2).

VEN Y SIGUEME

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La nueva edición de la Revista Nivariense

Publicado por Parroquia de Los Remedios martes, 13 de abril de 2010 0 comentarios



Ya han salido a todas las parroquias de la Diocesis Nivariense la revista donde encontramos gran cantidad de contenido correspondiente a nuestra diocesis, de cada isla y de algunos actos celebrados.


En el siguiente link podeis encontrar la revista en PDF:


El Cura de Ars

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SAN JUAN MARÍA VIANNEY (1786-1859)EL SANTO CURA DE ARS
por Lamberto de Echeverría


Sacerdote diocesano, miembro de la Tercera Orden Franciscana, que tuvo que superar incontables dificultades para llegar a ordenarse de presbítero. Su celo por las almas, sus catequesis y su ministerio en el confesonario transformaron el publecillo de Ars, que a su vez se convirtió en centro de frecuentes peregrinaciones de multitudes que buscaban al Santo Cura. Es patrono de los párrocos.
Oficialmente, en libros litúrgicos, aparece su verdadero nombre: San Juan Bautista María Vianney. Pero en todo el universo es conocido con el título de Cura de Ars. Poco importa la opinión de algún canonista exigente que dirá, a nuestro juicio con razón, que el Santo no llegó a ser jurídicamente verdadero párroco de Ars, ni aun en la última fase de su vida, cuando Ars ganó en consideración canónica. Poco importa que el uso francés hubiera debido exigir que se le llamara el canónigo Vianney, ya que tenía este título concedido por el obispo de Belley. Pasando por encima de estas consideraciones, el hecho real es que consagró prácticamente toda su vida sacerdotal a la santificación de las almas del minúsculo pueblo de Ars y que de esta manera unió, ya para siempre, su nombre y la fama de su santidad al del pueblecillo.
Ars tiene hoy 370 habitantes, poco más o menos los que tenía en tiempos del Santo Cura. Al correr por sus calles parece que no han pasado los años. Únicamente la basílica, que el Santo soñó como consagrada a Santa Filomena, pero en la que hoy reposan sus restos en preciosa urna, dice al visitante que por el pueblo pasó un cura verdaderamente extraordinario.
Apresurémonos a decir que el marco externo de su vida no pudo ser más sencillo. Nacido en Dardilly, en las cercanías de Lyón, el 8 de mayo de 1786, tras una infancia normal y corriente en un pueblecillo, únicamente alterada por las consecuencias de los avatares políticos de aquel entonces, inicia sus estudios sacerdotales, que se vio obligado a interrumpir por el único episodio humanamente novelesco que encontramos en su vida: su deserción del servicio militar. Terminado este período, vuelve al seminario, logra tras muchas dificultades ordenarse sacerdote y, después de un breve período de coadjutor en Ecully, es nombrado, por fin, para atender al pueblecillo de Ars. Allí, durante los cuarenta y dos años que van de 1818 a 1859, se entrega ardorosamente al cuidado de las almas. Puede decirse que ya no se mueve para nada del pueblecillo hasta la hora de la muerte.
Y sin moverse de allí logró adquirir una resonante celebridad. Recientemente se ha editado, con motivo del centenario de su muerte, una obra en la que se recogen testimonios curiosísimos de esta impresionante celebridad: pliego de cordel, con su imagen y la explicación de sus actividades; muestras de las estampas que se editaron en vida del Santo en cantidad asombrosa; folletos explicando la manera de hacer el viaje a Ars, etc.
El contraste entre lo uno y lo otro, la sencillez externa de la vida y la prodigiosa fama del protagonista nos muestran la inmensa profundidad que esa sencilla vida encierra.
* * *
Nace el Santo en tiempos revueltos: el 8 de mayo de 1786. En Dardilly, no lejos de Lyón. Estamos por consiguiente en uno de los más vivos hogares de la actividad religiosa de Francia. Desde algunos puntos del pueblo se alcanza a ver la altura en que está la basílica de Fourvière, en Lyón, uno de los más poderosos centros de irradiación y renovación cristiana de Francia entera. Juan María compartirá el seminario con el Beato Marcelino Champagnat, fundador de los maristas; con Juan Claudio Colin, fundador de la Compañía de María, y con Fernando Donnet, el futuro cardenal arzobispo de Burdeos. Y hemos de verle en contacto con las más relevantes personalidades de la renovación religiosa que se opera en Francia después de la Revolución francesa. La enumeración es larga e impresionante. Destaquemos, sin embargo, entre los muchos nombres, dos particularmente significativos: Lacordaire y Paulina Jaricot.
Tierra, por consiguiente, de profunda significación cristiana. No en vano Lyón era la diócesis primacial de las Galias. Pero antes de que, en un período de relativa paz religiosa, puedan desplegarse libremente las fuerzas latentes, han de pasar tiempos bien difíciles. En efecto, es aún niño Juan María cuando estalla la Revolución Francesa. Al frente de la parroquia ponen a un cura constitucional, y la familia Vianney deja de asistir a los cultos. Muchas veces el pequeño Juan María oirá misa en cualquier rincón de la casa, celebrada por alguno de aquellos heroicos sacerdotes, fieles al Papa, que son perseguidos con tanta rabia por los revolucionarios. Su primera comunión la ha de hacer en otro pueblo, distinto del suyo, Ecully, en un salón con las ventanas cuidadosamente cerradas, para que nada se trasluzca al exterior.
A los diecisiete años la situación se hace menos tensa. Juan María concibe el gran deseo de llegar a ser sacerdote. Su padre, aunque buen cristiano, pone algunos obstáculos, que por fin son vencidos. El joven inicia sus estudios, dejando las tareas del campo a las que hasta entonces se había dedicado. Un santo sacerdote, el padre Balley, se presta a ayudarle. Pero... el latín se hace muy difícil para aquel mozo campesino. Llega un momento en que toda su tenacidad no basta, en que empieza a sentir desalientos. Entonces se decide a hacer una peregrinación, pidiendo limosna, a pie, a la tumba de San Francisco de Regis, en Louvesc. El Santo no escucha, aparentemente, la oración del heroico peregrino, pues las dificultades para aprender subsisten. Pero le da lo substancial: Juan María llegará a ser sacerdote.
Antes ha de pasar por un episodio novelesco. Por un error no le alcanza la liberación del servicio militar que el cardenal Fesch había conseguido de su sobrino el emperador para los seminaristas de Lyón. Juan María es llamado al servicio militar. Cae enfermo, ingresa en el hospital militar de Lyón, pasa luego al hospital de Ruán, y por fin, sin atender a su debilidad, pues está aún convaleciente, es destinado a combatir en España. No puede seguir a sus compañeros, que marchan a Bayona para incorporarse. Solo, enfermo, desalentado, le sale al encuentro un joven que le invita a seguirle. De esta manera, sin habérselo propuesto, Juan María será desertor. Oculto en las montañas de Noës, pasará desde 1809 a 1811 una vida de continuo peligro, por las frecuentes incursiones de los gendarmes, pero de altísima ejemplaridad, pues también en este pueblecillo dejó huella imperecedera por su virtud y su caridad.
Una amnistía le permite volver a su pueblo. Como si sólo estuviera esperando el regreso, su anciana madre muere poco después. Juan María continúa sus estudios sacerdotales en Verrières primero y después en el seminario mayor de Lyón. Todos sus superiores reconocen la admirable conducta del seminarista, pero..., falto de los necesarios conocimientos del latín, no saca ningún provecho de los estudios y, por fin, es despedido del seminario. Intenta entrar en los hermanos de las Escuelas Cristianas, sin lograrlo. La cosa parecía ya no tener solución ninguna cuando, de nuevo, se cruza en su camino un cura excepcional: el padre Balley, que había dirigido sus primeros estudios. Él se presta a continuar preparándole, y consigue del vicario general, después de un par de años de estudios, su admisión a las órdenes. Por fin, el 13 de agosto de 1815, el obispo de Grenoble, monseñor Simón, le ordenaba sacerdote, a los 29 años. Había acudido a Grenoble solo y nadie le acompañó tampoco en su primera misa, que celebró al día siguiente. Sin embargo, el Santo Cura se sentía feliz al lograr lo que durante tantos años anheló, y a peso de tantas privaciones, esfuerzos y humillaciones, había tenido que conseguir: el sacerdocio.
Aún no habían terminado sus estudios. Durante tres años, de 1815 a 1818, continuará repasando la teología junto al padre Balley, en Ecully, con la consideración de coadjutor suyo. Muerto el padre Balley, y terminados sus estudios, el arzobispado de Lyón le encarga de un minúsculo pueblecillo, a treinta y cinco kilómetros al norte de la capital, llamado Ars. Todavía no tenía ni siquiera la consideración de parroquia, sino que era simplemente una dependencia de la parroquia de Mizérieux, que distaba tres kilómetros. Normalmente no hubiera tenido sacerdote, pero la señorita de Garets, que habitaba en el castillo y pertenecía a una familia muy influyente, había conseguido que se hiciera el nombramiento.
Ya tenemos, desde el 9 de febrero de 1818, a San Juan María en el pueblecillo del que prácticamente no volverá a salir jamás. Habrá algunas tentativas de alejarlo de Ars, y por dos veces la administración diocesana le enviará el nombramiento para otra parroquia. Otras veces el mismo Cura será quien intente marcharse para irse a un rincón «a llorar su pobre vida», como con frase enormemente gráfica repetirá. Pero siempre se interpondrá, de manera manifiesta, la divina Providencia, que quería que San Juan María llegara a resplandecer, como patrono de todos los curas del mundo, precisamente en el marco humilde de una parroquia de pueblo.
* * *
Podemos distinguir en la actividad parroquial de San Juan María dos aspectos fundamentales, que en cierta manera corresponden también a dos fases de su vida.
Mientras no se inició la gran peregrinación a Ars, el cura pudo vivir enteramente consagrado a sus feligreses. Y así le vemos visitándoles casa por casa; atendiendo paternalmente a los niños y a los enfermos; empleando gran cantidad de dinero en la ampliación y hermoseamiento de la iglesia; ayudando fraternalmente a sus compañeros de los pueblos vecinos. Es cierto que todo esto va acompañado de una vida de asombrosas penitencias, de intensísima oración, de caridad, en algunas ocasiones llevada hasta un santo despilfarro para con los pobres. Pero San Juan María no excede en esta primera parte de su vida del marco corriente en las actividades de un cura rural.
No le faltaron, sin embargo, calumnias y persecuciones. Se empleó a fondo en una labor de moralización del pueblo: la guerra a las tabernas, la lucha contra el trabajo de los domingos, la sostenida actividad para conseguir desterrar la ignorancia religiosa y, sobre todo, su dramática oposición al baile, le ocasionaron sinsabores y disgustos. No faltaron acusaciones ante sus propios superiores religiosos. Sin embargo, su virtud consiguió triunfar, y años después podía decirse con toda verdad que «Ars ya no es Ars». Los peregrinos que iban a empezar a llegar, venidos de todas partes, recogerían con edificación el ejemplo de aquel pueblecillo donde florecían las vocaciones religiosas, se practicaba la caridad, se habían desterrado los vicios, se hacía oración en las casas y se santificaba el trabajo.
La lucha tuvo en algunas ocasiones un carácter más dramático aún. Conocemos episodios de la vida del Santo en que su lucha con el demonio llega a adquirir tales caracteres que no podemos atribuirlos a ilusión o a coincidencias. El anecdotario es copioso, y en algunas ocasiones sobrecogedor.
Ya hemos dicho que el Santo solía ayudar, con fraternal caridad, a sus compañeros en las misiones parroquiales que se organizaban en los pueblos de los alrededores. En todos ellos dejaba el Santo un gran renombre por su oración, su penitencia y su ejemplaridad. Era lógico que aquellos buenos campesinos recurrieran luego a él, al presentarse dificultades, o simplemente para confesarse y volver a recibir los buenos consejos que de sus labios habían escuchado. Éste fue el comienzo de la célebre peregrinación a Ars. Lo que al principio sólo era un fenómeno local, circunscrito casi a las diócesis de Lyón y Belley, luego fue tomando un vuelo cada vez mayor, de tal manera que llegó a hacerse célebre el cura de Ars en toda Francia y aun en Europa entera. De todas partes empezaron a afluir peregrinos, se editaron libros para servir de guía, y es conocido el hecho de que en la estación de Lyón se llegó a establecer una taquilla especial para despachar billetes de ida y vuelta a Ars. Aquel pobre sacerdote, que trabajosamente había hecho sus estudios, y a quien la autoridad diocesana había relegado en uno de los peores pueblos de la diócesis, iba a convertirse en consejero buscadísimo por millares y millares de almas. Y entre ellas se contarían gentes de toda condición, desde prelados insignes e intelectuales famosos, hasta humildísimos enfermos y pobres gentes atribuladas que irían a buscar en él algún consuelo.
Aquella afluencia de gentes iba a alterar por completo su vida. Día llegará en que el Santo Cura desconocerá su propio pueblo, encerrado como se pasará el día entre las míseras tablas de su confesonario. Entonces se producirá el milagro más impresionante de toda su vida: el simple hecho de que pudiera subsistir con aquel género de vida.
Porque aquel hombre, por el que van pasando ya los años, sostendrá como habitual la siguiente distribución de tiempo: levantarse a la una de la madrugada e ir a la iglesia a hacer oración. Antes de la aurora, se inician las confesiones de las mujeres. A las seis de la madrugada en verano y a las siete en invierno, celebración de la misa y acción de gracias. Después queda un rato a disposición de los peregrinos. A eso de las diez, reza una parte de su breviario y vuelve al confesonario. Sale de él a las once para hacer la célebre explicación del catecismo, predicación sencillísima, pero llena de una unción tan penetrante que produce abundantes conversiones. Al mediodía, toma su frugalísima comida, con frecuencia de pie, y sin dejar de atender a las personas que solicitan algo de él. Al ir y al venir a la casa parroquial, pasa por entre la multitud, y ocasiones hay en que aquellos metros tardan media hora en ser recorridos. Dichas las vísperas y completas, vuelve al confesonario hasta la noche. Rezadas las oraciones de la tarde, se retira para terminar el Breviario. Y después toma unas breves horas de descanso sobre el duro lecho. Sólo un prodigio sobrenatural podía permitir al Santo subsistir físicamente, mal alimentado, escaso de sueño, privado del aire y del sol, sometido a una tarea tan agotadora como es la del confesonario.
Por si fuera poco, sus penitencias eran extraordinarias, y así podían verlo con admiración y en ocasiones con espanto quienes le cuidaban. Aun cuando los años y las enfermedades le impedían dormir con un poco de tranquilidad las escasas horas a ello destinadas, su primer cuidado al levantarse era darse una sangrienta disciplina...
Dios bendecía manifiestamente su actividad. El que a duras penas había hecho sus estudios, se desenvolvía con maravillosa firmeza en el púlpito, sin tiempo para prepararse, y resolvía delicadísimos problemas de conciencia en el confesonario. Es más: cuando muera, habrá testimonios, abundantes hasta lo increíble, de su don de discernimiento de conciencias. A éste le recordó un pecado olvidado, a aquél le manifestó claramente su vocación, a la otra le abrió los ojos sobre los peligros en que se encontraba, a otras personas que traían entre manos obras de mucha importancia para la Iglesia de Dios les descorrió el velo del porvenir... Con sencillez, casi como si se tratara de corazonadas o de ocurrencias, el Santo mostraba estar en íntimo contacto con Dios Nuestro Señor y ser iluminado con frecuencia por Él.
* * *
No imaginemos, sin embargo, al Santo como un ser completamente desligado de toda humanidad. Antes al contrario. Conservamos el testimonio de personas, pertenecientes a las más elevadas esferas de aquella puntillosa sociedad francesa del siglo XIX, que marcharon de Ars admiradas de su cortesía y gentileza. Ni es esto sólo. Mil anécdotas nos conservan el recuerdo de su agudo sentido del humor. Sabía resolver con gracia las situaciones en que le colocaban a veces sus entusiastas. Así, cuando el señor obispo le nombró canónigo, su coadjutor le insistía un día en que, según la costumbre francesa, usara su muceta. «¡Ah, amigo mío! -respondió sonriente-, soy más listo de lo que se imaginaban. Esperaban burlarse de mí, al verla sobre mis hombros, y yo les he cazado». «Sin embargo, ya ve, hasta ahora es usted el único a quien el señor obispo ha dado ese nombramiento». «Natural. Ha tenido tan poca fortuna la primera vez, que no ha querido volver a tentar suerte».
Servel y Perrin han exhumado hace poco una anécdota conmovedora: Un día, el Santo recibió en Ars la visita de una hija de la tía Fayot, la buena señora que le había acogido en su casa mientras estuvo oculto como prófugo. Y el Santo Cura, en agradecimiento a lo que su madre había hecho con él, le compró un paraguas de seda. ¿Verdad que es hermoso imaginarnos al cura y a la jovencita entrando en la modestísima tienda del pueblo y eligiendo aquel paraguas de seda, el único acaso que habría allí? ¿Verdad que muchas veces se nos caricaturiza a los santos ocultándonos anécdotas tan significativas?
Pero donde más brilló su profundo sentido humano fue en la fundación de «La Providencia», aquella casita que, sin plan determinado alguno, en brazos exclusivamente de la caridad, fundó el señor cura para acoger a las pobres huerfanitas de los contornos. Entre los documentos humanos más conmovedores, por su propia sencillez y cariño, se contarán siempre las Memorias que Catalina Lassagne escribió sobre el Santo Cura. A ella le puso al frente de la obra y allí estuvo hasta que, quien tenía autoridad para ello, determinó que las cosas se hicieran de otra manera. Pero la misma reacción del Santo mostró entonces hasta qué punto convivían en él, junto a un profundo sentido de obediencia rendida, un no menor sentido de humanísima ternura. Por lo demás, si alguna vez en el mundo se ha contado un milagro con sencillez, fue cuando Catalina narró para siempre jamás lo que un día en que faltaba harina le ocurrió a ella. Consultó al señor cura e hizo que su compañera se pusiera a amasar, con la más candorosa simplicidad, lo poquito que quedaba y que ciertamente no alcanzaría para cuatro panes. «Mientras ella amasaba, la pasta se iba espesando. Ella añadía agua. Por fin estuvo llena la amasadera, y ella hizo una hornada de diez grandes panes de 20 a 22 libras». Lo bueno es que, cuando acuden emocionadas las dos mujeres al señor cura, éste se limita a exclamar: «El buen Dios es muy bueno. Cuida de sus pobres».
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El viernes 29 de julio de 1859 se sintió indispuesto. Pero bajó, como siempre, a la iglesia a la una de la madrugada. Sin embargo, no pudo resistir toda la mañana en el confesonario y hubo de salir a tomar un poquito de aire. Antes del catecismo de las once pidió un poco de vino, sorbió unas gotas derramadas en la palma de su mano y subió al púlpito. No se le entendía, pero era igual. Sus ojos bañados de lágrimas, volviéndose hacia el sagrario, lo decían todo. Continuó confesando, pero ya a la noche se vio que estaba herido de muerte. Descansó mal y pidió ayuda. «El médico nada podrá hacer. Llamad al señor cura de Jassans».
Ahora ya se dejaba cuidar como un niño. No rechistó cuando pusieron un colchón a su dura cama. Obedeció al médico. Y se produjo un hecho conmovedor. Éste había dicho que había alguna esperanza si disminuyera un poco el calor. Y en aquel tórrido día de agosto, los vecinos de Ars, no sabiendo qué hacer por conservar a su cura queridísimo, subieron al tejado y tendieron sábanas que durante todo el día mantuvieron húmedas. No era para menos. El pueblo entero veía, bañado en lágrimas, que su cura se les marchaba ya. El mismo obispo de la Diócesis vino a compartir su dolor. Tras una emocionante despedida de su buen padre y pastor, el Santo Cura ya no pensó más que en morir. Y en efecto, con paz celestial, el jueves 4 de agosto, a las dos de la madrugada, mientras su joven coadjutor rezaba las hermosas palabras «que los santos ángeles de Dios te salgan al encuentro y te introduzcan en la celestial Jerusalén», suavemente, sin agonía, «como obrero que ha terminado bien su jornada», el Cura de Ars entregó su alma a Dios.
Así se ha realizado lo que él decía en una memorable catequesis matinal: «¡Dios mío, cómo me pesa el tiempo con los pecadores! ¿Cuándo estaré con los santos? Entonces diremos al buen Dios: Dios mío, te veo y te tengo, ya no te escaparás de mí jamás, jamás».
Lo canonizó el papa Pío XI el 31 de mayo de 1925, quien tres años más tarde, en 1928, lo nombró Patrono de los Párrocos.
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Lamberto de Echeverría, El Santo Cura de Ars, en Año Cristiano, Tomo III, Madrid, Ed. Católica (BAC 185), 1959, pp. 351-360.

Mensaje de Pascua de Benedicto XVI

Publicado por Parroquia de Los Remedios martes, 6 de abril de 2010 0 comentarios



“La Pascua es la verdadera salvación de la humanidad”
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 4 de abril de 2010 (ZENIT.org).- Publicamos el mensaje de Pascua que pronunció Benedicto XVI este Domingo de Resurrección a mediodía, desde el balcón de la fachada de la Basílica Vaticana, antes de impartir la bendición "urbi et orbi".


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"Cantemus Domino: gloriose enim magnificatus est"."Cantaré al Señor, sublime es su victoria" (Liturgia de las Horas, Pascua, Oficio de Lecturas, Ant. 1).
Queridos hermanos y hermanas:
Os anuncio la Pascua con estas palabras de la Liturgia, que evocan el antiquísimo himno de alabanza de los israelitas después del paso del Mar Rojo. El libro del Éxodo (cf. 15, 19-21) narra cómo, al atravesar el mar a pie enjuto y ver a los egipcios ahogados por las aguas, Miriam, la hermana de Moisés y de Aarón, y las demás mujeres danzaron entonando este canto de júbilo: "Cantaré al Señor, sublime es su victoria, / caballos y carros ha arrojado en el mar". Los cristianos repiten en todo el mundo este canto en la Vigilia pascual, y explican su significado en una oración especial de la misma; es una oración que ahora, bajo la plena luz de la resurrección, hacemos nuestra con alegría: "También ahora, Señor, vemos brillar tus antiguas maravillas, y lo mismo que en otro tiempo manifestabas tu poder al librar a un solo pueblo de la persecución del faraón, hoy aseguras la salvación de todas las naciones, haciéndolas renacer por las aguas del bautismo. Te pedimos que los hombres del mundo entero lleguen a ser hijos de Abraham y miembros del nuevo Israel".
El Evangelio nos ha revelado el cumplimiento de las figuras antiguas: Jesucristo, con su muerte y resurrección, ha liberado al hombre de aquella esclavitud radical que es el pecado, abriéndole el camino hacia la verdadera Tierra prometida, el Reino de Dios, Reino universal de justicia, de amor y de paz. Este "éxodo" se cumple ante todo dentro del hombre mismo, y consiste en un nuevo nacimiento en el Espíritu Santo, fruto del Bautismo que Cristo nos ha dado precisamente en el misterio pascual. El hombre viejo deja el puesto al hombre nuevo; la vida anterior queda atrás, se puede caminar en una vida nueva (cf. Rm 6,4). Pero, el "éxodo" espiritual es fuente de una liberación integral, capaz de renovar cualquier dimensión humana, personal y social.
Sí, hermanos, la Pascua es la verdadera salvación de la humanidad. Si Cristo, el Cordero de Dios, no hubiera derramado su Sangre por nosotros, no tendríamos ninguna esperanza, la muerte sería inevitablemente nuestro destino y el del mundo entero. Pero la Pascua ha invertido la tendencia: la resurrección de Cristo es una nueva creación, como un injerto capaz de regenerar toda la planta. Es un acontecimiento que ha modificado profundamente la orientación de la historia, inclinándola de una vez por todas en la dirección del bien, de la vida y del perdón. ¡Somos libres, estamos salvados! Por eso, desde lo profundo del corazón exultamos: "Cantemos al Señor, sublime es su victoria".
El pueblo cristiano, nacido de las aguas del Bautismo, está llamado a dar testimonio en todo el mundo de esta salvación, a llevar a todos el fruto de la Pascua, que consiste en una vida nueva, liberada del pecado y restaurada en su belleza originaria, en su bondad y verdad. A lo largo de dos mil años, los cristianos, especialmente los santos, han fecundado continuamente la historia con la experiencia viva de la Pascua. La Iglesia es el pueblo del éxodo, porque constantemente vive el misterio pascual difundiendo su fuerza renovadora siempre y en todas partes. También hoy la humanidad necesita un "éxodo", que consista no sólo en retoques superficiales, sino en una conversión espiritual y moral. Necesita la salvación del Evangelio para salir de una crisis profunda y que, por consiguiente, pide cambios profundos, comenzando por las conciencias.
Le pido al Señor Jesús que en Medio Oriente, y en particular en la Tierra santificada con su muerte y resurrección, los Pueblos lleven a cabo un "éxodo" verdadero y definitivo de la guerra y la violencia a la paz y la concordia. Que el Resucitado se dirija a las comunidades cristianas que sufren y son probadas, especialmente en Iraq, dirigiéndoles las palabras de consuelo y de ánimo con que saludó a los Apóstoles en el Cenáculo: "Paz a vosotros" (Jn 20,21).
Que la Pascua de Cristo represente, para aquellos Países Latinoamericanos y del Caribe que sufren un peligroso recrudecimiento de los crímenes relacionados con el narcotráfico, la victoria de la convivencia pacífica y del respeto del bien común. Que la querida población de Haití, devastada por la terrible tragedia del terremoto, lleve a cabo su "éxodo" del luto y la desesperación a una nueva esperanza, con la ayuda de la solidaridad internacional. Que los amados ciudadanos chilenos, asolados por otra grave catástrofe, afronten con tenacidad, y sostenidos por la fe, los trabajos de reconstrucción.
Que se ponga fin, con la fuerza de Jesús resucitado, a los conflictos que siguen provocando en África destrucción y sufrimiento, y se alcance la paz y la reconciliación imprescindibles para el desarrollo. De modo particular, confío al Señor el futuro de la República Democrática del Congo, de Guinea y de Nigeria.
Que el Resucitado sostenga a los cristianos que, como en Pakistán, sufren persecución e incluso la muerte por su fe. Que Él conceda la fuerza para emprender caminos de diálogo y de convivencia serena a los Países afligidos por el terrorismo y las discriminaciones sociales o religiosas. Que la Pascua de Cristo traiga luz y fortaleza a los responsables de todas las Naciones, para que la actividad económica y financiera se rija finalmente por criterios de verdad, de justicia y de ayuda fraterna. Que la potencia salvadora de la resurrección de Cristo colme a toda la humanidad, para que superando las múltiples y trágicas expresiones de una "cultura de la muerte" que se va difundiendo, pueda construir un futuro de amor y de verdad, en el que toda vida humana sea respetada y acogida.
Queridos hermanos y hermanas. La Pascua no consiste en magia alguna. De la misma manera que el pueblo judío se encontró con el desierto, más allá del Mar Rojo, así también la Iglesia, después de la Resurrección, se encuentra con los gozos y esperanzas, los dolores y angustias de la historia. Y, sin embargo, esta historia ha cambiado, ha sido marcada por una alianza nueva y eterna, está realmente abierta al futuro. Por eso, salvados en esperanza, proseguimos nuestra peregrinación llevando en el corazón el canto antiguo y siempre nuevo: "Cantaré al Señor, sublime es su victoria".
[Traducción distribuida por la Santa Sede
© Libreria Editrice Vaticana]